Dicho y hecho: nos quedaban sólo dos millas escasas que recorrer, pero la navegación era delicada porque el acceso á esta bahía del Norte no solamente era estrecho y lleno de bancos de arena, sino que serpeaba de Este á Oeste, de suerte que el buque tenía que ser listamente maniobrado para hallar el paso. Creo que fuí, en aquella ocasión, un subalterno pronto y bueno y estoy seguro también de que Hands era un excelente piloto, porque el hecho es que pasamos y pasamos, recortando diestramente los peligros, casi desflorando los arrecifes, con una seguridad y una limpieza tales que positivamente daban gusto.

Acabábamos apenas de cruzar frente á los peñones de tierra, junto á nosotros. Las playas de la Bahía Norte estaban tan densamente arboladas como las del fondeadero del Sur, pero el espacio era más largo y más estrecho, y más parecido á lo que era realmente, esto es, la desembocadura de un río. Exactamente junto á nosotros, hacia el extremo Sur, vimos los restos de un buque en el último período de destrucción. Se advertía que aquel había sido un gran navío de tres palos, pero había permanecido tan largo tiempo expuesto á los embates de los elementos, que se veía orlado aquí y allá por enormes colgajos de algas marinas, y sobre su cubierta enarenada habían arraigado las ramas de los arbustos de la playa, que apretados y vigorosos, como si estuviesen en tierra, florecían allí sin embarazo alguno. Era aquél un espectáculo triste, pero él nos daba la seguridad de que el fondeadero era perfectamente tranquilo y seguro.

—Ahora, dijo Hands, allí tenemos ya un banco á propósito para atracar un buque: arena limpia y plana, jamás un soplo á flor de agua, árboles en todo el derredor, y un montón de flores reventando en la cáscara de aquel barco como en un jardín... ¿qué más queremos?

—Bien está, le repliqué, pero una vez atracados ó encallados, ¿cómo hacemos para poner la goleta á flote otra vez?

—Muy fácil, me contestó. Largas un cabo allá, á la playa opuesta, á la hora del reflujo, le das una vuelta en torno de uno de los pinos más gruesos y traes la punta á bordo. Durante el reflujo, allí se está todo quieto, pero viene la pleamar, lías tu cabo al cabrestante, todos á bordo se ponen á las barras, dan dos ó tres vueltas y la goleta saldrá á flote tan dulcemente como por su voluntad. Y ahora, muchacho, pára. Ya estamos cerca de nuestro banco y vamos demasiado aprisa... Un poco á estribor... ¡ eso es!... firme... ¡á estribor!... ahora un cuarto á babor... firme... ¡firme!

Así daba él sus voces de mando, que yo obedecía casi sin tomar aliento, hasta que, por último, gritó repentinamente:

—¡Bien, muy bien!... ¡Orza!

Obedecí una vez más y con todas mis fuerzas alcé el timón: La Española dió una vuelta rápidamente y con el branque á tierra se deslizó ligeramente hacia la arbolada playa.

El entusiasmo de éstas últimas maniobras había sido causa de que me olvidara un poco de espiar atentamente como hasta allí los movimientos todos del timonel. En aquel mismo instante estaba todavía tan vivamente interesado en ver al buque tocar tierra, que hasta había olvidado el peligro que se cernía sobre mi cabeza, y permanecía yo de pie, embobado, sobre la balaustra de estribor, contemplando los suaves escarceos del agua que se despeinaban contra la proa y costados de nuestro buque. Pude haber caído allí, lisa y llanamente, sin un solo esfuerzo para defenderme, á no ser por una inquietud repentina que se apoderó de mí y me obligó á volver la cabeza. Tal vez había llegado hasta mí algún ligero crujido; tal vez de reojo ví su sombra moviéndose hacia mí; tal vez no fué aquello más que un movimiento instintivo como el de un gato, pero el caso es que, al volver la cabeza, ví allí á Hands á medio camino en dirección de mí, con la daga, desnuda ya, en su mano derecha.

Ambos debemos haber lanzado un grito simultáneo cuando nuestros ojos se encontraron, pero si el mío fué el alarido del terror, el suyo no fué más que el espantable bramido de un toro salvaje á punto de embestir. En el mismo instante Hands avanzó hacía mí, y yo salté de lado hacia la proa. Al ejecutar este movimiento dejé caer la caña del timón que saltó violentamente á sotavento, y creo que ésto salvó mi vida porque el madero aquel, golpeó á Hands con fuerza sobre el pecho y lo detuvo, por un momento, paralizándolo por completo.