Este había caído recargado, á causa de la sacudida del buque, contra la balaustrada, quedando en pie y en una posición horrible, parecida un tanto á la de un vivo, pero bien diverso de un cuerpo con vida en el color y en el donaire, ¡oh! ¡bien diferente! En aquella postura me era muy fácil encontrar el medio de realizar lo que yo quería, y como ya la costumbre de las aventuras trágicas había concluído por hacerme perder todo miedo á los cadáveres, cogí aquel por la cintura como si hubiera sido un saco de salvado y haciendo un buen esfuerzo lo arrojé al agua. La víctima de Hands cayó al mar con un sonoro chapuzón; y el gorro encarnado salió á flote y quedó nadando sobre la superficie. No bien la agitación del agua se hubo calmado, pude ver al horrible muerto yaciendo sobre el cuerpo del timonel y ambos meciéndose suavemente con el meneo del manso fondo de la bahía. O’Brien, aunque todavía bastante joven, era en extremo calvo, y yo veía muy bien aquella su cabeza desnuda descansando sobre las rodillas del hombre que lo había asesinado, en tanto que, rápidos y nerviosos, los peces pasaban azotando aquellas masas inertes.
Solo ya, solo enteramente, estaba sobre la goleta; la marea había vuelto y el sol estaba á tan pocos grados de su ocaso que las sombras de los pinos de la costa occidental comenzaban ya á cruzar la anchura del fondeadero y á caer sobre la cubierta de La Española. La brisa vespertina se había desatado, y aun cuando muy á cubierto con la colina de los dos picos hacia el Este, las jarcias empezaban ya á silbar un poco, y las sueltas lonas á azotar de un lado para otro.
Comencé entonces á temer algún peligro para el buque: arrié los foques á toda prisa y los eché, sin gran trabajo, sobre cubierta; pero en cuanto á la vela mayor, esta era ya materia mucho más difícil. Por supuesto que al ladearse el navío, el botalón se había colgado hacia afuera, al extremo de que su remate y uno ó dos pies de la vela colgaban sumergidos en el agua. Me pareció que esta circunstancia lo hacía todavía mucho más peligroso, y añádase aún que la compresión era tan fuerte que medio temía yo hacer algo en el asunto. Por último me resolví; saqué mi navaja y corté la cuerda de la verga. El peñol se abatió instantáneamente y una gran curva de lona, ya suelta, flotó esparcida sobre el agua; desde aquel momento, abatido como lo deseaba, ya no me era posible menear la cargadera: esto era todo cuanto estaba en mi poder ejecutar. Por lo demás, La Española debía confiar, como yo mismo, en nuestra buena estrella.
Entre tanto, toda la bahía estaba ya sumergida en la sombra del pinar: recuerdo que los últimos rayos del sol acababan de penetrar por un pequeño claro del boscaje y habían brillado como joyas resplandecientes sobre la diadema de flores de aquel destrozado casco de navío, con sus arbustos, líquenes y musgos marinos. El fresco era ya penetrante, la bajamar iba rápidamente hacia afuera del ancladero, y la goleta quedaba más y más á cada momento descansando sobre las extremidades de los baos.
Subí en cuatro pies en dirección de proa y lancé una ojeada en torno mío. Me convencí de que el fondo de agua que quedaba era insignificante y así fué que, cogiéndome con ambas manos á la cortada guindaleza, por una última precaución, me dejé deslizar suavemente hacia afuera del buque. El agua apenas me cubría las piernas, la arena era firme, cubierta con las ondulantes acentuaciones de la agitación suave de las aguas, por lo cual salí por fin á tierra, lleno de alegría, dejando á La Española recostada sobre sí misma, con su vela mayor bañándose ampliamente sobre la superficie de las olas. En aquel mismo instante el sol se ponía definitivamente en Occidente y la brisa murmuraba suavemente en el crepúsculo, jugueteando entre los ondulantes pinos.
Por último, y á lo menos, me veía fuera del mar y no tornaba, por cierto, con las manos vacías. Allí estaba la goleta, libre al fin de todo pirata, y lista para que nuestros hombres la tripularan una vez más y se hicieran á la mar de nuevo. Nada, por consiguiente, estaba más en mis intenciones que el volver, á casa como quien dice, esto es, á la estacada, y contar allí con orgullo mis hazañas y aventuras. No sería extraño que se me riñera un poco por mi truhanería, pero el haber recapturado La Española era una elocuente y significativa respuesta que, lo aguardaba así, obligaría al Capitán Smollet á confesar que no había yo perdido el tiempo.
Raciocinando de este modo, y con el ánimo levantado en gran manera, púseme en camino de lo que he llamado mi casa, que era el reducto en que estaban mis compañeros. Me acordaba bien que el más oriental de los ríos que desembocan en la bahía del Capitán Kidd, corría desde la montaña de los dos picos, sobre mi izquierda, por lo cual enderecé el rumbo en aquella dirección, seguro de poder cruzar el río en el punto en que era aún angosto. El bosque no era nada espeso y siguiendo, sin desviarme, la línea más baja de la falda del cerro, pronto había volteado su extremidad y no mucho rato después ya había vadeado, con el agua sólo á media pierna, la corriente del río.
Esto me puso muy cerca del punto en que encontré á Ben Gunn, el hombre aislado y, por lo mismo, mi marcha fué ya más circunspecta teniendo siempre un ojo abierto para cada lado. La luz del crepúsculo iba ya cediendo el campo á las grandes sombras de la noche, y no bien hube franqueado el espacio necesario para poder ver entre la abertura que forman los dos picos, llegó hasta mi vista la ondulante claridad de un fuego que se destacaba sobre el fondo del horizonte. Supuse que el hombre de la isla estaba allí cocinando su cena al resplandor de una clara y alegre hoguera. Pero no dejaba de maravillarme que tan sin cuidado ni precaución alguna se mostrara, porque si yo veía aquel fulgor ¿no era probable que también llegara hasta los ojos de Silver en su campamento de la playa, entre los marjales?
Gradualmente la noche había llegado más y más negra; y en las tinieblas que me envolvían, lo único que yo podía hacer era guiarme, y eso no muy seguramente, hacia mi destino, teniendo á mi espalda la doble cima de la altura, y á mi derecha la mole del “Vigía” que cada momento se desvanecían más y más en los nimbos de la oscuridad. Las estrellas eran escasas y pálidas y en el terreno bajo que yo recorría me era imposible evitar el enredarme al paso con zarzas y matorrales ó caer en sinuosidades arenosas.
De pronto cierta claridad inesperada cayó cerca de mí. Alcé la vista; el vislumbre pálido de los rayos lunares se dilataba sobre la cima del “Vigía,” y muy poco después ví algo como un globo de plata alzándose lentamente de sobre las copas de la arboleda: era la luna que salía.