Con esta ayuda pude ya franquear más fácilmente lo que me faltaba de andar, y á veces marcando á paso natural, á veces corriendo, me acercaba á cada momento más y más á la estacada. Sin embargo, como ya me encontraba en el bosque que limita la fortaleza, no me pareció tan fuera de propósito el moderar mi paso y marchar con bastante precaución, pues cierto que hubiera sido un triste fin de mis aventuras el verme atravesado por la bala de un centinela de nuestro campo que hiciera fuego sobre mí, sin conocerme.
La luna se alzaba más y más alto; su luz se desparramaba ya aquí y acullá sobre los espacios que la arboleda del bosque dejaba limpios, y, cosa extraña, frente á mí apareció un resplandor de tinte diferente, entre los pinos. Aquel brillo era rojo y ardiente, pero de vez en cuando se oscurecía, como si fuera un brasero sofocado de tiempo en tiempo por la humareda.
Por vida mía que no podía yo atinar con lo que aquello pudiera ser.
Pero al fin y al cabo llegué á los límites de la parte desarbolada. La extremidad occidental estaba á la sazón inundada con la claridad del astro de la noche; pero la parte restante lo mismo que el reducto todavía quedaban envueltos en la sombra, si bien con una que otra lista de luz que lograba caer allí á través de la masa espesa del follaje. Al otro extremo de la casa una inmensa hoguera había ardido hasta tornarse en rescoldo puro, y su reverbero acentuadamente rojo contrastaba en gran manera con la dulce palidez de la luna. Empero no había por todo aquello un alma que se moviera, ni el menor ruido interrumpía la cadencia suave y monótona del soplo de la brisa.
Me detuve presa de la más grande extrañeza, y quizás con algo de terror en mi corazón. No había sido costumbre nuestra, por cierto, el encender grandes lumbradas, pues precisamente una de las órdenes más terminantes del Capitán era que economizáramos la leña, por lo cual comencé á temer que algo malo había sucedido allí durante mi ausencia.
Me deslicé con cautela dando vuelta por la esquina oriental, manteniéndome resguardado en la oscuridad, y en el lugar que juzgué más á propósito por ser la sombra más espesa salvé resueltamente la empalizada.
Para aumentar mis seguridades me puse á recorrer el trayecto que me separaba del ángulo del reducto, andando sobre las rodillas y las manos, sin hacer el más pequeño ruido. Cuando ya estuve bastante cerca, mi corazón se dilató con una expansión de gozo indecible. Lo que la causaba no era un rumor que pueda llamarse, de por sí, agradable en manera alguna, y aún recuerdo haberme quejado de él en más de una ocasión; pero en aquella lo percibí como si hubiera sido el eco de una música deliciosa. ¿Qué era ello? ¡Ah! nada menos que el concierto sonoro de los ronquidos de mis amigos, durmiendo todos apaciblemente. El grito del centinela nocturno de á bordo que nos anunciaba á las altas horas “¡todo va bien!” jamás sonó más agradablemente á mi oído.
Por lo pronto, en lo que no cabía la menor duda era en que en mi campo la vigilancia era de todo punto detestable. Si Silver y sus hombres fueran en aquel instante los que estuvieran cayendo sobre mis amigos, de seguro que ni uno solo vería levantarse la luz del nuevo día. Eso era lo que influía, pensé yo, el tener al Capitán herido; raciocinio que me hizo reprocharme una vez más el haberlos dejado en aquella situación peligrosa, con tan pocas personas hábiles para montar la guardia.
Á la sazón ya había llegado á la entrada y estaba allí, de pie. Todo era oscuridad adentro y mis ojos no podían distinguir nada en la densa tiniebla de aquel recinto. En cuanto á oir, ya se comprenderá que en aquel punto era, para mí, mucho más distinta y perceptible la música de los ronquidos. Á ella se añadía, aunque fuese del todo insignificante, un ruido ligero como de alas ó picoteo casi imperceptible.
Con las manos hacia adelante avancé resueltamente al interior. Mi intento fué acostarme en mi lugar de costumbre, y, añadí riendo para mis adentros, ¡cómo me voy á divertir viendo las caras que ponen mañana cuando me vayan viendo!