Pero si bien, para mí, aquello no tenía explicación plausible, la carta fué en sí de un efecto increíble y mágico para los revoltosos. Todos á una saltaron sobre ella como gatos sobre un ratón. Pasáronsela de mano en mano, pero casi arañándose unos á otros para arrebatársela. Al oir los gritos, los juramentos, las carcajadas infantiles con que acompañaban su examen, se habría creído, no sólo que ya tenían entre las manos el oro codiciado, sino que ya se veían en alta mar, en posesión de él, y en completamente en salvo.
—Por supuesto, dijo uno; esto es de Flint, luego se ve. Aquí están sus iniciales J. F. y debajo una raya con un clavo atravesado encima, que era lo que él siempre ponía en su nombre.
—Todo esto está muy bueno, dijo Jorge, pero la cosa es que ¿cómo nos vamos á llevar la hucha si ya no hay buque?
—¡Jorge Merry!, gritó Silver poniéndose violentamente de pie y apoyándose con una mano contra la pared. Voy á hacerte una prevención á tiempo. Si sueltas una palabra más, tienes que salirte de aquí allá abajo y verte la cara conmigo, que tengo la certeza de aplastarte. ¿Cómo?... ¡Qué sé yo! ¿Tienes la insolencia de proferir lo que has dicho, tú, que con tus compinches has causado la pérdida de mi goleta, á causa de tu intervención? ¡tráguete el infierno! ¡No! no serás tú el que nos saque del atolladero, porque tú no puedes alcanzar ni á la pobre inventiva de una cucaracha. En nada de este asunto puedes tú tomar la palabra, Jorge Merry; y cuenta con desobedecerme.
—Eso es muy claro, dijo el viejo Morgan.
—¡Claro! ¡pues ya lo creo!, replicó el cocinero. Tú perdiste el buque y yo encontré el tesoro ¿quién vale de nosotros dos, Jorge Merry? Y ahora... presento mi renuncia. Pueden Vds. elegir Capitán á quien les dé la gana. Yo tengo ya bastante del cargo éste.
—¡Silver!, gritaron todos en coro. ¡Barbacoa ahora y siempre! ¡Barbacoa es nuestro Capitán! ¡Viva Barbacoa!
—¡En hora buena! esas tenemos ¿no es verdad?, exclamó el cocinero. Pues ya lo ves, Jorge, por hoy me parece que tendrás que aguardar otro turno para tener tu capitanía. Y da gracias al demonio de que yo no sea un hombre vengativo. Pero es la verdad, no es ese mi modo. Y ahora bien, camaradas... ¿este disco negro?... Me parece que por hoy no vale ya gran cosa, ¿no es verdad? Todo se reducirá á que Dick haya oscurecido su buena estrella y maltratado su Biblia... ¡nada más!
—¿No cree Vd. que la cosa se compondrá besando severamente el libro?, exclamó Dick que positivamente se sentía desazonado al pensar en la maldición celeste que creía haber hecho caer sobre su cabeza.
—¡Una Biblia con un pedazo recortado!, dijo Silver sarcásticamente. ¡Imposible! Entre ella y una simple colección de canciones no hay ya diferencia alguna.