—¿Cree Vd. que no?, replicó Dick con cierta especie de alegría. ¡Bueno! pues sin embargo, creo que todavía vale la pena de guardarla.

—Y ahora, Jim, dijo Silver, aquí hay una curiosidad para tu colección de ellas.

Diciendo esto me pasó el pedacillo de papel: era éste como del tamaño de una moneda “corona.” De un lado nada tenía impreso, porque era la última hoja del libro: del otro lado contenía un versículo de la Revelación, y en él me llamaron la atención estas palabras de una manera particular: “Afuera están los perros y los asesinos.” El lado impreso había sido ennegrecido con carbón de la hoguera, que á la sazón comenzaba ya á desprenderse y á manchar mis dedos; en el lado blanco habíase escrito con el mismo material la palabra “Depuesto.” Todavía al escribir este relato conservo en mi poder aquella curiosidad, y la tengo aquí, sobre mi mesa; pero no podría ya verse en ella la menor huella de escritura, si no es una especie de araño como el que alguien podría hacer con la uña de su dedo pulgar.

Con aquello terminaron los sucesos de esa noche. Á pocos momentos se sirvió á todos un vaso de cognac y nos tendimos todos á dormir. La señal de venganza que dió Silver fué nombrar á Jorge para hacer cuarto de centinela, amenazándole con la muerte si no obraba con toda lealtad.

Mucho rato se pasó para que yo pudiera cerrar los ojos, y bien saben los cielos que razón me sobraba al solo recuerdo de aquel hombre á quien por la tarde había yo quitado involuntariamente la vida, en el instante de mayor peligro para la mía. Pero lo que más contribuía á desvelarme era aquella partida terrible y sagaz que acababa de ver jugar á Silver, cuyos maravillosos esfuerzos tendían, por un lado, á mantener unidos y á raya á los sublevados, y por el otro á intentar todos los medios humanos, posibles é imposibles, para obtener una reconciliación y salvar su miserable existencia. Pero él, por su parte, se durmió al momento de la manera más apacible y muy pronto comencé á oir el estrépito de sus ronquidos. Entre tanto mi corazón se oprimía penosamente al pensar en los riesgos inminentes que rodeaban á aquel hombre, por más malvado que fuera; y en la horca infamante que tenía como última perspectiva de su triste carrera.


CAPÍTULO XXX
BAJO PALABRA

UNA voz clara y alegre que sonaba á la orilla del bosque llamando á los del reducto me despertó, y despertó igualmente á todos los demás; y el centinela mismo que se había buenamente recargado contra la puerta se estremeció enderezándose en su puesto.