—¡Bien, bien!, dijo por último. Primero la obligación y luego el placer, como se diría Vd. á sí mismo. Vamos á ver y á examinar á esos enfermos.

Un momento después ya estaba adentro de la cabaña y sin tener para mí más que una torva inclinación de cabeza, se puso en el acto á la obra con sus enfermos. No parecía tener el más pequeño recelo, á pesar de que debe haber comprendido muy bien que su vida en manos de aquellos traidores y endemoniados piratas estaba pendiente de un cabello. Con la misma naturalidad que si estuviera haciendo una ordinaria visita profesional á una tranquila familia en Inglaterra, iba de paciente en paciente, sonando, componiendo y arreglándolo todo. Sus maneras, á lo que creo, habían ejercido una reacción saludable sobre aquellos hombres, porque el caso es que se comportaban con él como si nada hubiera sucedido, como si todavía fuese el mismo médico de á bordo y ellos marinos leales en sus puestos respectivos.

—Lo que es tú vas muy bien, dijo al individuo de la cabeza entrapajada. Y si hombre alguno en el mundo recibió un porrazo peligroso, ése has sido tú: tu cabeza debe ser dura como de acero. Vamos á ver tú, Jorge, ¿cómo estás hoy? Bonito color de limón estás echando allí, no te quepa duda: es que el hígado se te ha vuelto hacia abajo. ¿Tomaste esa medicina? Á ver, muchachos, digan la verdad ¿tomó Jorge su medicina?

—¡Oh! en cuanto á eso, sí señor, de veras que sí, respondió Morgan.

—La cosa es que, desde que me he convertido en médico de rebeldes, ó diré mejor, en médico de cárcel, continuó el Doctor en el tono más afable, vengo considerando como un puesto de honor para mí el no perder ni un solo hombre para nuestro Rey Jorge (Q. D. G.) y para la horca.

Los malvados aquellos se miraron unos á otros, pero no hicieron más que tragar la píldora en silencio.

—Dick no está hoy muy bien, señor, dijo uno.

—¿Esas tenemos? Á ver, ven acá, Dick, llamó el Doctor. Enséñame esa lengua. No, no me sorprende que se sienta mal: esta lengua de por sí bastaría para espantar á una armada francesa. ¡Otra malaria tenemos!

—¡Ah! dijo Morgan, eso resulta de andar profanando Biblias.

—Eso resulta de ser, como tú dices, unos asnos monteses, replicó el Doctor; ó para hablarte más claro, de no saber distinguir un aire viciado y ponzoñoso, de un aire sano y vivificador, ni un pantano inmundo y envenenado de una tierra alta y seca. Me parece lo más probable (sin que pase esto de una opinión, por supuesto) que todos Vds. sin excepción van á tener que pagar el duro tributo de la fiebre antes de que logremos arrojar de sus cuerpos los gérmenes de la malaria que absorbieron por todos los poros. ¡Acampar en un marjal!... Silver, me sorprende verle á Vd. autorizar tal disparate. Vd. es mucho menos tonto que todos estos juntos, pero no se me figura que tenga Vd. ni los más pequeños rudimentos de higiene.