Por fin, estábamos allí frente á frente, dos de un lado y cinco del otro, con el socavón separando ambas facciones y sin que ninguna de ellas pareciera resuelta á dar el primer golpe. Silver permanecía inmóvil, observando simplemente al enemigo, erguido sobre su muleta y con una frialdad que parecía inverosímil. Aquel bandido era valiente, no cabe duda.
Merry, al cabo, creyó que un discurso aceleraría la conclusión de la escena.
—Camaradas, dijo, allí están dos individuos solos de los cuales el uno es el viejo derrengado, á quien trague el infierno, que se ha burlado de nosotros trayéndonos á sufrir una decepción inmerecida. El otro no es más que ese cachorro del diablo á quien pienso arrancarle por esta vez hasta las entrañas. No hay temor, ¡á ellos, camaradas!...
Al decir esto alzó la voz y el brazo como para guiar al ataque; pero en aquel mismo instante... ¡crac! ¡crac! ¡crac!, tres detonaciones de mosquete sonaron casi simultáneamente y tres relámpagos se vieron brillar en la espesura más cercana. Merry se desplomó de cabeza dentro de la excavación; el hombre de la cara vendada dió vueltas girando como una peonza que espira y cayó de lado cuan largo era, completamente muerto, por más que todavía hiciera algunos movimientos, inconscientes ya, después de caído. En cuanto á los tres restantes no esperaron nuevas razones, sino que en el acto volvieron la espalda y se pusieron en precipitada fuga, corriendo como ciervos espantados.
En un abrir y cerrar de ojos Silver había disparado los dos cañones de una doble pistola sobre el agonizante Merry, y como este desdichado levantase hasta él los ojos en sus últimas convulsiones, le gritó el implacable cocinero:
—Me parece, Jorge, que te he ajustado las cuentas.
En el mismo instante, el Doctor, Gray y Ben Gunn salían, á reunírsenos, de un bosquecillo de mimosas, trayendo entre las manos sus mosquetes humeando todavía.
—¡Adelante, muchachos!, gritó el Doctor. No hay que perder un instante, para impedirles que se apoderen de los botes: ¡adelante! ¡adelante!
Con esta excitativa tan apremiante partimos á paso veloz, sumergiéndonos, algunas veces, hasta el pecho, en las espesuras de retamas y matorrales de toda clase de yerbas.
Silver, en aquellas circunstancias, demostraba el mayor empeño por no separarse de nosotros. Y lo que aquel viejo inválido hizo, abriéndose paso por donde nosotros íbamos, saltando frenéticamente sobre su muleta hasta hacer casi que se destrozaran los músculos de su pecho, todo eso no lo habría podido hacer con más energía y resolución un hombre sano. El Doctor fué de la misma opinión que yo en este particular. Con todo y eso, cuando llegamos á la ceja de la mesa en vía de descender, el hombre aquel venía á unas treinta yardas tras de nosotros y su fatiga era tal que parecía á punto de ahogarse.