—Doctor, gritó: mire Vd. allá; ya no hay prisa ninguna.
En efecto, no la había. Por un claro bastante grande de la meseta podíamos divisar á los tres fugitivos, corriendo todavía en la misma dirección en que partieron, esto es, en derechura hacia el Cerro de Mesana. Nosotros estábamos ya, á aquella hora, entre ellos y los botes, por lo cual todos cuatro nos sentamos para tomar aliento, en tanto que John Silver, enjugándose el rostro, llegaba, ya lentamente, hasta nosotros.
—Doy á Vd. las más rendidas gracias, Doctor, dijo. Ha llegado Vd. en el momento crítico, á lo que creo, para Hawkins y para mí. ¡Hola!, con que Ben Gunn está también por aquí, ¿eh? ¡Bien! ¡bien! Tú eres un buen chico, á no dudarlo.
—¡Ben Gunn, y muy Ben Gunn!, replicó el hombre de la isla, meneándose como una anguila con un embarazo bastante visible.
Y luego, después de una pausa, añadió aquel mísero aislado:
—¿Y qué tal está Vd., Sr. Silver? Muy bien, dirá Vd., no es esto; ¡pues tanto que me alegro!
—¡Ah! ¡Ben, Ben!, murmuró Silver. ¡Y pensar en la que nos has jugado!
El Doctor envió á Gray á que recogiera uno de los picos abandonados por los piratas en su precipitada fuga, y en seguida fuimos ya bajando, con todo despacio, hacia el punto en que los botes yacían amarrados, en cuyo tiempo el mismo Doctor nos refirió, en pocas palabras, lo que había pasado. Pero su narración interesó profundísimamente á Silver; sobre todo al ver que, desde el principio hasta el fin, era el único héroe de ella aquel Ben Gunn, el semi-idiota abandonado hacía tres años en la isla.
Ben, en sus solitarias y vagabundas excursiones por la isla, había encontrado el esqueleto de Allan y lo había despojado de sus armas y dinero. Después había encontrado el tesoro; había hecho la excavación, dejando en ella, por último, su azada rota y ya inútil; había cargado sobre sus hombros todo el oro, en incontables viajes penosísimos, desde el pie del gigantesco pino, hasta una gruta que él tenía en la loma de las dos puntas, en el ángulo Nordeste de la isla y allí, por último, lo tenía todo almacenado, dos meses hacía, perfectamente á salvo.
Cuando el Doctor se hubo hecho dueño de este secreto, en la tarde del día del ataque, y al ver á la mañana siguiente desierto el ancladero, no vaciló ya en ir á ver á Silver, darle el mapa que era ya perfectamente inútil, y cederle todas las provisiones, puesto que la gruta de Ben Gunn estaba abundantemente surtida con carne de cabras monteses y de venados, salada por él mismo; sin reservarse, en una palabra, cosa alguna, á fin de asegurarse la retirada del reducto hacia la colina de las dos puntas, en donde no había el menor peligro de malaria y se mantendría una vigilancia efectiva sobre el tesoro.