—¿Quiere Vd. decir que el hombre bebe?, exclamó el Caballero.
—No señor; solamente que mantiene una intimidad sobrado inconveniente con los hombres de la tripulación.
—Está bien, pues, Capitán, dijo el Doctor; pero si hemos de zanjar dificultades, díganos Vd. lo que desea.
—Bien, señores; ¿están Vds. determinados á llevar á cabo esta expedición?
—Contra viento y marea, respondió el Caballero.
—Muy bien, dijo el Capitán. Pero supuesto que ya han tenido Vds. la paciencia de oirme cosas que no me era dable probar, escuchen algunas palabras más. Se está colocando la pólvora y las armas en las bodegas de proa: ¿por qué no ponerlas en un lugar muy á propósito que hay aquí, precisamente debajo del salón? Primer punto. Ahora, segundo: Vds. traen cuatro personas de su propia servidumbre que, según he oído, van á tener sus dormitorios á proa, con los demás hombres ¿por qué no darles los camarotes que hay aquí al lado de la cámara de popa?
—¿Hay algo más?, preguntó el Sr. Trelawney.
—Sí, hay todavía otra exigencia, continuó el Capitán. Por desgracia ya se ha charlado y divulgado mucho sobre la expedición.
—Sí, demasiado, apoyó el Doctor.
—Diré á Vds. lo que yo mismo he oído, siguió el Capitán: dicen que Vds. poseen un mapa de cierta isla en el cual hay cruces rojas que marcan el lugar exacto en que esas riquezas están enterradas; añaden que la isla está... (y aquí nombró la longitud y latitud de ella con toda exactitud).