—Jamás he dicho yo tal cosa, exclamó el Caballero.

—El hecho es que los hombres lo saben, replicó el Capitán.

—Livesey, tal vez alguna indiscreción de Vd.; ó tal vez tú, Hawkins, exclamó el Sr. Trelawney.

—No hace mucho al caso el averiguar quién haya sido el indiscreto, replicó el Doctor.

Por mi parte, me fué fácil notar que ni él ni el Capitán daban mucho peso á las afirmaciones y protestas del Sr. Trelawney, sin que yo mismo dejara de pensar como ellos, pues me constaba que el Caballero era un charlador incorregible. Sin embargo, en esta ocasión, decía la pura verdad, según creo, y era un hecho que ninguno había revelado la posición geográfica de la isla.

—En hora buena, caballeros, continuó el Capitán; yo no sé en manos de quién está ese mapa, pero pongo por condición estricta que se le mantenga de todo punto secreto y oculto aun de mí mismo y de mi segundo el Sr. Arrow, ó de no ser así, renuncio mi puesto en este mismo instante.

—Entiendo, dijo el Doctor; lo que Vd. quiere es que el objeto real se mantenga tan velado como sea posible y que, entre tanto, convirtamos la popa en una especie de fortificación, guardada por nuestros propios hombres y provista con toda la pólvora y armas de que podamos disponer á bordo. En otras palabras, teme Vd. una rebelión.

—Caballero, dijo gravemente el Capitán Smollet, protestando que no es mi intención el lastimar á Vd., permítame negarle el derecho de poner en mis labios palabras que yo no he pronunciado. No existe capitán alguno que pudiera juzgarse autorizado para hacerse á la mar, si tuviese las pruebas necesarias para decir lo que Vd. me ha supuesto. Por lo que hace al Piloto, lo creo de todo punto honrado; algunos de nuestros tripulantes lo son también sin duda, y quizás lo sean todos, por lo que se ve. Pero Vds. se servirán tener en cuenta que sobre mí pesa la doble responsabilidad de la seguridad de la embarcación y de la vida de cada hombre que nuestra goleta lleva á bordo. Me ha parecido que las cosas no iban por un camino muy derecho y he juzgado prudente el pedir á Vds. que se tomaran ciertas precauciones: eso es cuanto tengo que decir.

—Capitán Smollet, comenzó á decir el Doctor con cierta sonrisa en los labios, ¿ha oído Vd. hablar alguna vez de cierta fábula de la montaña y el ratón? Le pido á Vd. mil perdones, pero la verdad es que me ha traído Vd. á la memoria la tal fábula. Cuando Vd. penetró aquí, apuesto mi peluca á que Vd. pensaba más de lo que confiesa.

—Doctor, es Vd. muy listo, respondió el Capitán; cuando entré aquí pensé que se me iba á separar del buque. No me imaginé que el Sr. de Trelawney hubiese oído una sola palabra de cuanto he dicho.