—Y no iba Vd. muy descaminado, exclamó el Caballero. Á no ser por la oportuna mediación de Livesey yo le hubiera enviado á Vd. al diantre. Pero por ahora ya le he escuchado y se hará todo lo que Vd. quiere; mas eso no me impide el creer que está Vd. equivocado en este asunto.

—En cuanto á eso crea Vd. lo que guste, dijo el Capitán. Vd. verá en todo caso, que cumplo con mi deber.

Dicho esto saludó y salió sin decir más.

—Trelawney, dijo el Doctor, contra todo lo que yo me figuraba, veo que Vd. se ha dado trazas de traer á bordo dos hombres honrados: el Capitán Smollet y John Silver.

—Silver, si Vd. lo quiere, gritó el Caballero. En cuanto á este intolerable trampantojo, declaro que su conducta no me parece digna ni de hombre, ni de marino, ni mucho menos de inglés.

—Está bien, dijo el Doctor, ya lo veremos.

Cuando subimos sobre cubierta ya los hombres habían comenzado á cambiar de lugar las armas y la pólvora, canturriando mientras trabajaban, en tanto que el Capitán y el Piloto inspeccionaban el traslado.

El nuevo orden de cosas era de todo mi gusto. Todo el arreglo primitivo del buque había sido cambiado. Se habían hecho seis lechos-literas en el castillo de popa, tras de lo que constituía la parte posterior del salón principal, siendo accesible esta sección de camarotes, para la galera y castillo de proa, únicamente por un estrecho pasadizo á babor. Se había dispuesto, al principio, que el Capitán, el Piloto, Hunter, Joyce, el Doctor y el Caballero ocupasen esos seis camarotes. Ahora se convino en que Redruth y yo tomásemos dos de ellos y que el Sr. Arrow y el Capitán durmiesen sobre cubierta en lo que se llama en náutica la carroza, la cual había sido ensanchada de un lado y otro hasta ponerla en estado de casi poder llamarle la toldilla. Era ésta bien baja, ciertamente, pero no tanto que no permitiese colgar con comodidad un par de hamacas, y aun creo que el Piloto pareció muy contento con el arreglo, aunque él, quizás, no estaba muy seguro de la tripulación. Empero esto no pasa de simple conjetura, pues como se verá muy pronto, no tuvimos por largo tiempo el beneficio de sus opiniones.

Estábamos todos trabajando rudamente en el cambio de la pólvora y armas y en el arreglo de las literas y camarotes cuando los últimos dos tripulantes y John Silver con ellos llegaron en un botecito costanero.

El cocinero saltó á bordo con la ligereza de un mono y no bien hubo visto lo que estábamos haciendo, exclamó: