—Voy creyendo que no sirve, pues, de mucho la carrera, observó el joven catecúmeno de Silver.

—No le sirve de mucho á los manirrotos y locos; por supuesto que no, replicó Silver. Pero en cuanto á tí, mira; tú eres un chicuelo todavía, pero vivo como un zancudo. Yo te lo conocí en cuanto te puse el ojo encima, y ya ves que te hablo como á un hombre hecho.

Se comprenderá sin esfuerzo lo que sentí al oir á este viejo y abominable bribón dirigiendo á otro las mismísimas palabras aduladoras que había usado para conmigo. Créaseme que si hubiera podido, con todo mi corazón lo habría anonadado á través de mi barril. Pero él prosiguió, entre tanto, muy ajeno de que alguien le estaba escuchando:

—Mira tú lo que sucede con los caballeros de la fortuna. Se pasan una vida dura y están siempre arriesgando el pescuezo, pero comen y beben como canónigos y abades, y cuando han llevado á cabo una buena expedición, ¡cá! entonces... entonces los ves ponerse en las faltriqueras miles de libras, en vez de puñaditos de miserables peniques. Ahora, los más de ellos lo botan en orgías y francachelas, también eso es cierto, y luego los ves volviendo al mar, en camisa, como quien dice. Pero á fe que yo no he ido por semejante vereda. ¡No, que no! Yo he puesto todo muy bien asegurado, un poquito aquí, otro poco acullá, y en ninguna parte mucho para no excitar sospechas inútiles y peligrosas. Ya tengo cincuenta años, fíjate bien, y una vez de vuelta de esta expedición me establezco como un perezoso rentista. Ya es tiempo de ello, me parece que replicas. ¡Ah, sí! pero puedo asegurarte que entre tanto he vivido con desahogo. Jamás me he privado de nada que me haya pedido el cuerpo; sueños largos, comidas apetitosas, y todo esto, día por día, excepto cuando viajo por el agua salada, ¿Y cómo comencé? Pues ni más ni menos que como tú ahora, de puro y simple marinero.

—Bueno, replicó el joven; pero lo que es ahora, todo ese otro dinero es como si ya no existiera, ¿no es verdad? Porque á buen seguro que después de esta expedición ¡vaya Vd. á dar la cara en Brístol!

—¡Bah! contestó Silver irónicamente. ¿Pues en dónde te figuras tú que ese dinero estaba?

—Pues... en Brístol, es claro, en los bancos y á rédito; contestó su interlocutor.

—Es verdad, allí estaba cuando levamos anclas; pero á la hora que es, mi mujer... ya tú me entiendes... mi mujer lo tiene ya bien realizado, y todo en su poder. La taberna del “Vigía” está ya vendida, ó arrendada, ó regalada ó qué sé yo. Pero en cuanto á la muchacha, yo te aseguro que ya ella ha salido de Brístol para reunírseme. Yo te diría de muy buena gana en dónde va á esperarme, pero esto haría que nacieran celos entre tus compañeros por mi preferencia, y no quiero celos aquí.

—¿Y tiene Vd. plena confianza en su... mujer, como Vd. la llama?, preguntó el catecúmeno.

—Los caballeros de la fortuna, replicó el cocinero, generalmente somos poco confiados entre nosotros mismos, y á fe que—puedes creerlo—no nos falta razón para ello. Pero yo tengo unos modos míos muy particulares; de veras que sí. Cuando un camarada es capaz de tenderme una celada... quiero decir, uno que me conoce, ya puede estar seguro de que no le será posible vivir en el mismo mundo que el viejo John. Había algunos que le tenían miedo á Pew; otros que se aterrorizaban de Flint, pero yo te digo que el mismo Flint no las tenía todas consigo tratándose de mí, con ser quien era. Sí que me tenía miedo, y eso que estaba orgulloso de mí, vamos al decir. Nunca ha habido sobre los mares una tripulación más escabrosa que la de Flint, al extremo de que el diablo mismo hubiera temido ir con ella á bordo. Pues, sin embargo, ya tú me ves, no soy ningún finchado ni ningún fanfarrón, y sé hacer la compañía con todos mis camaradas con tanta llaneza como si no fuera quien soy. Pero cuando era yo contramaestre... ¡ah, diablo! entonces sí que no podía decirse de ninguno de nuestra camada de viejos filibusteros que fuese un corderito. ¡Ah! yo sé lo que te digo: puedes estar seguro de tí mismo en este navío del viejo John.