—Está bien, replicó el mancebo; ahora le diré á Vd. que cuando vine aquí no me gustaba el proyecto, ni tanto así; pero ahora que ya hemos tenido esta explicación, John, ya sabe Vd. que cuentan conmigo, suceda lo que suceda.

—Mucho que me alegro, porque tu eres un mocito de provecho, contestó Silver sacudiendo la mano de su converso de la manera más cordial. Puedes creer que no he visto en mi vida una apariencia mejor que la tuya para ser uno de los caballeros de fortuna.

Al llegar aquí yo ya había comenzado á comprender que por caballeros de la fortuna entendían aquellos hombres ni más ni menos que piratas comunes y corrientes y que aquella pequeña escena que yo había oído, era nada más que el último acto en la corrupción de uno de los hombres honrados que iban á bordo, tal vez ya el último de ellos. No obstante, pronto debía recibir algún consuelo sobre este particular como se verá luego. Silver, en aquel momento dejó oir un ligero silbido y un tercer personaje apareció muy pronto y vino á reunirse á aquel conciliábulo.

—Dick es hombre de pelo en pecho, dijo Silver al recién venido.

—¡Oh! eso ya me lo sabía yo, replicó una voz que reconocí al punto por la del timonel Israel Hands. Este Dick no tiene un pelo de tonto. Pero vamos allá, prosiguió; lo que yo quiero saber es esto, Barbacoa; ¿tanto tiempo nos vamos todavía á quedar afuera en esta especie de maldito bote vivandero? Yo digo que ya tengo bastante de Capitán Smollet, con mil diablos; ya bastante me ha aburrido, y ya quiero poder instalarme en su cámara; ya quiero sus pickles, ya quiero sus vinos, ya quiero todo eso.

—Israel, le replicó Silver, tú has tenido ahora y siempre cabeza de chorlito. Pero creo que te podrá entrar la razón, ¿no es esto? Abre, pues, las orejas, que bien grandes las tienes para oirme lo que te voy á decir ahora mismo: seguirás durmiendo á proa, y seguirás pasándola penosamente y seguirás hablando con suavidad, y seguirás bebiendo con la mayor mesura hasta que yo dé la voz, y entre tanto te conformarás con lo que te digo.

—Está bien, yo no digo que no, gruñó el timonel. Lo único que yo digo es esto: ¿cuándo? ¡Eso es todo!

—¿Cuándo? ¡mil tempestades!, exclamó Silver. Con que cuándo, ¿eh? Pues mira, puesto que lo quieres, voy á decirte cuando. Hasta el último momento que me sea posible: ¡entonces! aquí traemos á un excelente marino, á este Capitán Smollet, que viene dirigiendo en provecho nuestro el bendito buque. Aquí traemos igualmente á ese Caballero y á ese Doctor con su mapa y demás cosas que nos interesan y que ni yo ni Vds. sabemos en dónde diablos las guardan. Enhorabuena; entonces tenemos que aguardar que este Caballero y este Doctor encuentren la hucha y nos ayuden hasta á ponerla á bordo del buque, con cien mil diantres. Entonces veremos. Si yo estuviera bien seguro de Vds., hijos del demonio, dejaría al Capitán Smollet que nos condujera de vuelta hasta medio camino, antes de dar el golpe definitivo.

—¿Acaso no somos marinos todos los que estamos aquí á bordo? Yo creo que sí, dijo el muchacho Dick.

—Quieres decir que entendemos la maniobra, ¿no es verdad?, prorrumpió Silver. Nosotros podemos seguir una dirección dada, ¿pero quién puede darnos esta? He ahí en lo que se dividen todas las opiniones de Vds. desde el primero hasta el último. En cuanto á mí, si yo pudiera obrar conforme á mi solo deseo, dejaría al Capitán Smollet que nos llevara hasta última hora en nuestro regreso, para no exponernos á cálculos erróneos y á andar luego á ración de agua por esos mares del diablo. Pero yo se muy bien qué casta de bichos son Vds. y... no hay remedio, acabaré con ellos en la isla, tan luego como nos hayan ayudado á poner la hucha á bordo, lo cual es una lástima. ¡Que reviente yo en hora mala si no es cosa que enfullina y disgusta el navegar con zopencos como Vds.!