Y no sólo los pasajeros de cámara éramos los que comprendíamos el peligro. John Silver trabajaba infatigablemente yendo de grupo en grupo, distribuyendo consejos a todos y siendo un modelo verdadero con su ejemplo de sumisión y dulzura. Nada podía igualarse en aquellos momentos á su comedimiento y cortesía; era una perenne sonrisa la que había en sus labios para todos y cada uno de nosotros. Si se le mandaba algo, al punto saltaba sobre su muleta, clamando con el tono más complaciente del mundo: “¡Corriendo, corriendo, señor!” Y cuando no había nada especial que hacer, él cantaba una canción tras de otra como si tratara de ocultar con ellas el descontento de los demás.
De todos los detalles sombríos de aquella tenebrosa tarde, esa notoria ansiedad de John Silver se me figuraba el peor de todos.
Celebramos consejo otra vez en el gabinete de popa.
—Señores, dijo el Capitán, si aventuro la más insignificante orden, la tripulación entera se nos viene á las barbas. Aquí tienen Vds. lo que pasa: se me da una respuesta áspera, ¿no es esto? Pues bien, si replico en un tono más alto, las cuchillas saldrían luego á relucir á mandobles. Si no hago esto, si me callo, Silver notará al punto que hay algo por debajo de nuestro silencio y entonces queda todo el juego descubierto. Ahora bien: no hay más que un hombre en quien podamos fiar en la situación actual.
—¿Y quién es él?, preguntó el Caballero.
—Silver, replicó el Capitán. Él está tan impaciente como Vds. y como yo mismo de sofocar las cosas. Lo que hay es un disgusto; pronto él les hablará á sus hombres para calmarlos si se le presenta la ocasión. Lo que yo propongo, en consecuencia, es darle la oportunidad que busca. Vamos dejándolos que pasen una tarde en tierra. Si todos se van, está bien, nosotros pelearemos encastillados en nuestro barco. Si ninguno quiere bajar, entonces nos mantenemos en nuestra cámara de popa y Dios ayude la buena causa. Si algunos van, acuérdense Vds. de lo que les digo, Silver los volverá á bordo más mansos que unos corderos.
Así se acordó. Al mismo tiempo se proveyó á todos los hombres de confianza de pistolas cargadas; Hunter, Joyce y Redruth fueron puestos en autos de lo que pasaba y por fortuna recibieron la confidencia con menos sorpresa y más valor del que nos habíamos figurado; con lo cual, el Capitán fuese sobre cubierta y arengó á la tripulación.
—Muchachos, les dijo, hemos tenido un día sofocante y todos estamos cansados y sin alientos de nada. Yo creo, sin embargo, que un paseo por la playa no le hará mal á ninguno: los botes están todavía á flote. Pueden Vds. tomar los esquifes y, todos los que gusten, ir á tierra por el resto de la tarde. Yo tendré cuidado de disparar un cañonazo media hora antes de la puesta del sol.
Yo me supongo que aquellos malvados han de haberse figurado que todo era desembarcar y caer sin más ni más sobre el tesoro, porque en un instante todos ellos echaron instantáneamente el mal humor á paseo y prorrumpieron en un aplauso y en un hurra espontáneo, tan estruendoso, que despertó los ecos dormidos de una de las montañas distantes y produjo un nuevo levantamiento de aves que revolotearon y chillaron otra vez en número infinito en torno nuestro.
El Capitán era demasiado vivo para saber lo que convenía en aquellos críticos momentos, así es que, sin aguardar respuesta alguna se eclipsó como por encanto, dejando á Silver el cuidado de arreglar la partida, en lo cual creo que obró perfectísimamente. Si se hubiera quedado un momento más sobre cubierta le hubiera sido imposible prolongar por más tiempo su pretendida ignorancia de lo que sucedía. Esto era ya claro como la luz meridiana. Silver era el Capitán y disponía de una imponente tripulación de rebeldes. Los hombres aun no corrompidos (y pronto iba yo á ver la prueba de que los había á bordo) deben haber sido unos hombres de muy poco talento. O, por lo menos, supongo que la verdad era que todos estaban disgustados por el ejemplo de los cabecillas, sólo que unos lo estaban más que otros, y que, algunos de ellos, siendo en el fondo buenos sujetos, no podían ser ni convencidos ni arrastrados á ir más allá que el simple disgusto. Una cosa es sentirse con lasitud y mal humor y otra muy diferente el pensar en apoderarse de un navío asesinando á un buen número de personas inocentes.