Por fin la partida quedó organizada. Seis de ellos se quedaron á bordo y los trece restantes, incluyendo á Silver comenzaron á embarcarse.
Fué entonces cuando me ocurrió la primera de las insensatas ideas que contribuyeron á salvar nuestras vidas. Si Silver dejaba á seis de sus hombres, era claro que nuestro grupo no podía montarse en la goleta, en pie de guerra, como en una fortaleza; y no siendo los de la dicha reserva más que seis, era también indudable que el bando de popa no necesitaba por el momento de ninguna ayuda. Ocurrióseme, pues, instantáneamente el ir á tierra. En un abrir y cerrar de ojos me deslicé sobre la balaustra y dejándome correr por una de las escotas de proa, caí dentro de uno de los botes en el instante mismo en que se ponía en movimiento.
Ninguno notó mi presencia; sólo el remero de proa me dijo:
—¡Ah! ¿eres tú Jim? Baja bien la cabeza.
Pero Silver desde el otro bote comenzó á lanzar miradas penetrantes é investigadoras para tratar de averiguar si era yo el que iba allí. Desde ese mismo instante comencé á arrepentirme de lo que había hecho.
Los dos grupos de marineros se divertían remando á cual más fuerte, en una especie de carrera de apuesta, á cuál de los botes llegaba primero á la playa. Mas como el bote que me había cabido en suerte ocupar había recibido mayor empuje, estaba más ligero é iba mucho mejor remado, muy pronto dejó muy atrás á su competidor. La proa ya había atracado en medio de los arbustos de la playa; ya me había yo cogido de una rama y lanzádome hacia fuera, emboscándome en el acto en el matorral más próximo, cuando Silver y los suyos estaban todavía á unas cien yardas detrás.
—¡Jim, Jim!, le oí que me gritaba.
Pero ya se supondrá que no hice maldito el caso de sus gritos. Brincando, agazapándome, rompiendo breñas, corrí y corrí por el terreno que se me presentaba delante, al acaso, desaforadamente, hasta que materialmente ya no pude más.