Ví luego á John Silver llevarse la mano á la bolsa, sacar un silbato y hacer vibrar varias veces sus moduladas notas que volaron á través de la atmósfera caliginosa. No me era posible, por de contado, explicarme la significación de aquella señal, pero sí me dí cuenta de que con ella se despertaban de nuevo todos mis temores antecedentes. Los demás hombres iban á acudir y estaba, pues, en peligro de ser descubierto. Acababan de asesinar á dos de nuestros leales y honrados hombres, ¿no era muy posible que después de Tom y Alán me tocase el turno á mí?

En un abrir y cerrar de ojos me comencé á internar, agazapado siempre y con todo el silencio y velocidad que me fuera posible, hacia la parte del monte más abierta. Mientras ejecutaba este movimiento, pude oir todavía saludos cambiados entre el viejo pirata y sus camaradas, y á este rumor, indicante claro de mi peligro, sentí que me nacían alas en los pies. No bien estuve fuera de la espesura, eché á correr como jamás había corrido antes en mi vida, sin cuidarme de la dirección que seguía, sino en cuanto que ella me alejaba de los asesinos, y mientras más corría, el miedo más y más se agigantaba en mi alma hasta tornarse en un verdadero frenesí de terror.

Y en verdad, ¿podía haber alguien en situación más perdida de todo punto que la mía? Cuando tronase el cañonazo ofrecido, ¿cómo iba yo á atreverme á presentarme en los botes, en medio de aquellos entes infernales, cuyas manos humeaban todavía con la sangre de sus víctimas? ¿Acaso el primero de ellos que me viera no iba á torcerme el cuello como á una agachona? ¿Acaso mi sola ausencia no era ya para ellos una evidencia de mi alarma, y por consiguiente, de mi fatal conocimiento de los hechos? Todo, pues, había concluído para mí. ¡Adiós La Española, adiós el Caballero, el Doctor y el Capitán! ¡Nada me quedaba ya que esperar sino la muerte por inanición, ó á manos de los sublevados!

Mientras esto pensaba, no cesaba de correr, y sin darme cuenta de ello, me encontraba ya cerca del pie de uno de los pequeños picos, y habíame internado á una parte de la isla en que los árboles de la vida crecían más distantes unos de otros y se asemejaban más á verdaderos árboles de bosque por su corpulencia y dimensiones. Entremezclados con estos había uno que otro pino, algunos de ellos como de cincuenta pies de altura y otros como hasta de setenta. El aire tenía ya aquí también un olor más fresco que allá abajo cerca del pantano.

Pero al llegar á este sitio, una nueva alarma me esperaba, que me hizo sentir el corazón á punto de escapárseme del pecho.


CAPÍTULO XV
EL HOMBRE DE LA ISLA.

DE uno de los lados del cerro que era, en aquel sitio, escarpado y pedregoso, un guijarro se desprendió por el cauce seco de una de las vertientes cascajosas, saltando, rebotando y haciendo estrépito en sus choques repetidos contra árboles y piedras. Volví los ojos instintivamente en aquella dirección y ví una forma extraña moverse y ocultarse tras del tronco de uno de los árboles. ¿Era aquello un oso, un hombre, ó un orangután? Me era imposible decirlo. Me parecía negro y velludo; pero esto era lo único de que me podía dar cuenta en aquel momento. Sin embargo, el terror de esta nueva aparición me hizo contenerme en mi carrera.