Me veía, según toda probabilidad, cortado por el frente y por la retaguardia: detrás de mí, los asesinos, y delante aquella forma indescriptible que me acechaba. En el acto comencé á preferir los peligros que me eran conocidos á aquellos que aparecían velados. El mismo Silver se me figuraba ya menos terrible comparándolo con aquella extravagante criatura, especie de gnomo de la montaña, y así fué que, sin más vacilaciones le volví la espalda, no sin volverme azoradamente para verle sobre el hombro, y comencé á correr de nuevo, esta vez en dirección de los botes.
Pero en pocos segundos la horrible figura, después de dar una gran vuelta, se me igualó en la carrera y aun comenzó á avanzar delante de mí. Yo estaba bien exhausto ya, no cabía duda, pero aun cuando hubiese estado fresco y descansado, ví muy pronto que era una locura el pretender luchar en velocidad con adversario semejante. De un tronco á otro aquella extraña criatura parecía volar como un ciervo, corriendo á semejanza del hombre, en dos pies, pero diferenciándose de la carrera humana en que como ciertas aves se dejan ir en el espacio por largo tiempo con las alas cerradas, esta se deslizaba á trechos hacia abajo por la pendiente, de una manera fantástica, maravillosa é inexplicable para mí. Y sin embargo, era un hombre, ya no me era posible dudarlo por más tiempo.
Vínome á la imaginación en el acto todo cuanto había oído ó leído sobre caníbales y aun estuve á punto de gritar ¡socorro! Pero el mero hecho de ser aquel un hombre, aunque fuese un salvaje, me había ya serenado un poco, y el miedo que Silver me inspiraba reapareció vivo y formidable en mi ánimo. Me detuve, pues, por el momento, y buscando en mi atribulada imaginación alguna puerta de salvamento ó de escape, me acordé, de pronto, de la pistola que llevaba conmigo. Y no hice más que recordar que no estaba tan indefenso, y sentí que el valor volvía á mi corazón, y dando el rostro resueltamente al hombre de la isla, marché hacia él con paso vigoroso.
En este momento él estaba oculto tras de otro tronco de árbol, pero debe haberse estado espiándome muy atentamente, porque tan luego como yo me adelanté hacia donde él estaba, se mostró de repente y dió un paso para venir á mi encuentro. Pero acto continuo vaciló, dió algunos pasos hacia atrás, luego otros hacia mí de nuevo, hasta que, por último, con extraordinaria sorpresa y confusión mía, le ví caer de rodillas y tenderme en ademán suplicante sus manos enclavijadas:
Al ver esto, torné á detenerme indeciso.
—¿Quién es Vd.?, le pregunté.
Á lo cual se apresuró él á contestarme con una voz ronca, opaca, como el rumor que produjese una cerradura enmohecida y en desuso.
—¡Soy Ben Gunn! Soy el pobrecito Ben Gunn que por tres años no ha tenido delante un cristiano con quien hablar!
Al oir esto pude ya darme cuenta de que aquel no era un caníbal, como lo creí al principio, sino un hombre de raza blanca como yo, y aun observé que sus facciones eran regulares y agradables. Su cutis, en todos los puntos que aparecía descubierto, estaba tostado por el sol; sus labios mismos estaban ennegrecidos y sus ojos claros eran una cosa sorprendente en aquel conjunto de facciones oscuras. De todos los mendigos que en mi vida había yo podido ver ó figurarme, era éste el número uno por lo destrozado y harapiento. Estaba vestido con girones de lona de velámen, añadidos y mezclados con retazos informes de paño azul-marino, y toda aquella extraordinaria estructura de andrajos estaba sujeta y rodeada á su persona, por la más incongruente y exótica reunión de broches y costuras: botones de metal, espinas de pescado, correas de pieles crudas, pedacitos de madera á guisa de agujetas, y presillas de alquitranados cordones. Ciñendo su talle llevaba un viejo cinturón de cuero con hebilla de metal, cuya prenda era la única cosa sólida y sin soluciones de continuidad de todo cuanto llevaba encima.
—¡Tres años!, exclamé yo. ¿Naufragó Vd. acaso cerca de esta costa?