—No, amigo mío, me aislaron[4] aquí.

Yo había oído esa palabra aplicada á una especie de castigo horrible, muy común entre los piratas, cuya esencia era desembarcar al condenado en una isla inhabitada, dejándole solamente un fusil y una poca de pólvora y abandonándolo allí para siempre.

—¡Aislado por tres años!, continuó aquel mísero. Tres años mortales durante los cuales he vivido de cabras monteses, de berzas silvestres y de ostras de la playa. Yo sé que donde quiera que un hombre se encuentre colocado, aquel hombre puede ayudarse y valerse por sí mismo. Pero, amigo, mi corazón ya suspira por alguna comida de cristianos. Tú traerás allí por casualidad un pedacillo de queso, ¿no es verdad?... ¡Pues dámelo, anda!... ¿No traes?... ¡Ah! ¡si tú supieras qué noches tan largas me he pasado aquí, soñando con una tajadilla de queso, con una tostada, sobre todo! Y luego me despertaba... ¿y qué?... ¡Aquí!... ¡siempre aquí!

—Si Dios quiere que alguna vez pueda yo volver á bordo, le prometo á Vd. que tendrá queso hasta ahitarse, le repliqué.

Todo el tiempo que había durado nuestro corto diálogo anterior, Ben Gunn no había cesado de asentar con su mano el paño de mi jubón, de tocarme suavemente las manos, de contemplar mis botas y, en una palabra, de manifestar el placer más infantil con la presencia de un semejante suyo. Pero al oir mis últimas frases se enderezó de repente con cierta especie de sobresalto.

—Si Dios quiere que puedas volver á bordo, ¿has dicho? Y bien, ¿quién es el que te lo impide?

—No es Vd., por cierto, le contesté.

—Y dices muy bien en eso, exclamó. Pero antes de pasar adelante, vamos á ver, ¿cómo te llamas, camarada?

—Jim, le dije.

—Jim, Jim, repetía él con aparente complacencia. Ahora bien, Jim, ya debo decirte que yo he vivido una vida tan borrascosa que ni aun me atrevo á contártela, porque te avergonzarías sólo de oirme. ¿Creerás tú, al escuchar esto, que yo nunca tuve una madre, buena y piadosa, para dirigirme y velar por mí?