—¡Ah! ¡Silver!, contestó él. ¡Silver! ¡eso es... ese es su nombre!
—Es el cocinero de á bordo y al mismo tiempo el cabecilla ó director de esos hombres.
Al llegar aquí, Ben Gunn, que todavía me tenía cogido por la muñeca, dióme una especie de fuerte sacudida.
—Si tú has sido enviado aquí por John Silver, dijo, yo estoy ya tan bueno como un cerdo, muy bien lo sé. ¿Pero en qué pensaste tú, muchacho?
Yo había ya formado mi resolución en un instante, así es que, por vía de respuesta, le conté la historia completa de nuestro viaje y el difícil predicamento en que nos encontrábamos á aquellas horas. Escuchóme él con el más profundo interés y cuando hube concluído exclamó dándome una palmadilla en la cabeza:
—Jim, tú eres un buen muchacho, y tú y los tuyos están en un apuro del demonio, ¿nó es esto? Pues no tengas cuidado. Ten confianza en mí. Ben Gunn es el hombre para sacarlos de su varadero. Pero antes dime, ¿crées tú que tu Caballero resultará ser un hombre bastante liberal para quien sepa sacarlo del aprieto en que se ve metido?
—¡Oh! en cuanto á eso, el Caballero es el hombre más liberal y generoso que yo he conocido, le respondí.
—Pero hay que ver bien, dijo Ben Gunn; yo no quiero decir que me recompensará dándome una covacha de conserje para guardar una puerta; ó una librea dorada de lacayo, ó cosa por el estilo. ¡Oh, no! Lo que yo quiero decir es que si me daría, por ejemplo, un buen millar de libras esterlinas, contantes y sonantes, que es tanto cuanto puede apetecer para ser dichoso un hombre como yo. ¿Qué dices tú?
—Pues digo que estoy seguro de que sí lo haría, le respondí yo. Tal como venían las cosas todos los expedicionarios estábamos llamados á dividirnos la hucha.
—¿Y me dará también un pasaje á Inglaterra?, añadió con una mirada recelosa y desconfiada.