—¿Y tú?—dije, no sin ironía.
—Yo tengo, por desgracia, ambiciones determinadas y una línea de conducta. Como sé lo que quiero, es muy probable que no lo consiga, y los demás dirán siempre que me estrello contra las murallas en vez de buscar el portillo que encontraría seguramente abierto...
¡Las ambiciones determinadas de Vázquez! ¡Su línea de conducta!... Ahora las juzgo abstracciones morales y políticas, sin nada positivo, sueños románticos y nada más. Pero entonces no paré mientes en ello, y lo di por admitido, encarando de lleno y francamente el asunto principal.
—¡Hablemos claro! ¿María Blanco?
—Es la muchacha más interesante de la ciudad. Pero está deslumbrada por un espejismo. No trataré de desengañarla. Sí, Mauricio, es verdad, la quiero; pero no desearía unirme á una mujer convenciéndola, sino enamorándola. Convencida, siempre estaría viendo tras de mí, más grande y más hermoso que yo, el príncipe de su cuento azul, por insignificante que fuese en realidad... Y no es tu caso: con tu capital de buen mozo, de inteligente, de elegante, de afortunado, de hombre de posición política, y no sin bienes materiales, no eres un cualquiera. Tienes todos los elementos necesarios para que te hagan un don Juan; porque los don Juan no se hacen ellos mismos: los hacen los demás...
Hube de pegarle. Pero no se burlaba; por el contrario, hablaba amarga, dolorosamente, aunque con entereza. Era ironía de buena ley. Le tendí la mano, y le dije:
—«Sos» un misántropo. Así no irás á ninguna parte.
—¡Ni quiero!—contestó.
Cualquier otra cosa hubiera sido mejor para mí que este coloquio, pues me dejó más nervioso que antes, aunque convencido de que Pedro no influía para nada en la actitud de María Blanco. «Esperar que lo quieran», así, resueltamente, es como decirse que uno es estatua, monumento... ¡Qué animal! Pero ¿y si tenía conciencia de valer todo eso? ¿Era feliz? ¿Feliz, renunciando á lo que quizá pudiera conquistar? ¿Ó es que consideraba que la felicidad sólo existe en el equilibrio perfecto, no en la lucha? ¡Bah!...