Ésta era una de tantas entre todas mis funciones policiales. Y, á propósito, apenas he hablado de mi acción en cuanto al orden y la seguridad. Esto se explica: se ha abusado del género en estos últimos tiempos y no quiero plagiar involuntariamente á Gaboriau, á Conan-Doyle, á Leblanc ó á Eduardo Gutiérrez. Á ellos envío á los que me quieran ver realizando hazañas de pesquisante, pues siempre saldré ganando; quizás, en efecto, no haya hecho nada notable como detective, pero agregaré en mi defensa que nadie me lo exigía. Muy al contrario, á veces se me aconsejaron procedimientos análogos á los del comisario Barraba de Pago Chico, especialmente en asuntos de abigeato. Pero adopté siempre sistemas menos primitivos...

Entretanto, la actitud de Vázquez había producido una especie de rebote en mi espíritu. En vano pensaba yo que aquellos dos espíritus, serios y ponderados, estaban probablemente hechos para unirse, y que una mujer como María, llena de principios y de escrúpulos, no era lo que me cuadraba. Había una circunstancia favorable, y mi amor propio de «gallo único»—recuerdo á Ibsen,—me obligaba á aprovecharla. Así es que fingí desdén durante una, dos semanas, pero, esforzándome por fingirlo, me iba convenciendo cada vez más—por autosugestión,—de que era falso. Y un desdén fingido es, simplemente, un deseo verdadero. Me puse á desear ardientemente á María, y esto me obcecó hasta extremos incomprensibles, tratándose de un sentimiento que hoy juzgo artificial.

Como un chiquillo romántico, fuí á verla arrebatado, después de dos semanas de ausencia, y aprovechando la soledad en que nos encontramos, comencé á echarle violentamente en cara su frialdad, su inconsecuencia, todo cuanto se me vino á la boca.

Se puso muy colorada, tembló toda, dejando caer los brazos é inclinando la cabeza, bajo aquel alud de pasión superficial. Me dejó hablar, decir cuando quise, y un rato después de que callé, alzó los ojos, me miró tiernamente y me dijo:

—¿Está tan enojado... de veras?

Creí ver un relámpago de duda en sus pupilas, y me tranquilicé de pronto.

—No estoy enojado—contesté con calma relativa.—Es mi modo de hablar.

—¡Ah!

Se irguió, se puso pálida, y continuó, después de un momento: