—Usted tiene siempre modos de hablar, de portarse, de hacer... Pero anda demasiado aprisa y me trata mal.
—¿Mal, María? ¿No sabe usted que mi mayor deseo es que sea usted la compañera de mi vida? ¡Diga! ¿quiere ser mi mujer?
—¿Su mujer?
Y después de otra pausa, contestó:
—Pensémoslo más... Hablemos de eso dentro de unos meses... Déjeme la ridiculez de ser algo romántica, repitiéndole los versos de Campoamor: La tierra está cansada de dar flores; necesita algún año de reposo.
—¿Tantas ha dado?
—Alg...unas...
—¿Con Vázquez?
Se separó violentamente, como si la hubiese herido en lo hondo.
—Las flores son la condición de la primavera. ¿Qué importa dónde, cuándo, ni cómo, ni por qué?—dijo amargamente.