—Siempre queda, allá en el fondo, un resto de fe, que florece y fructifica en determinadas circunstancias. Ya sabe usted que quiero hacerme hombre serio, María.

—Sí, sí. Eso debe también ser un motivo... Pero ¿no se puede ser serio sin ser religioso? Papá no cree, por lo menos él lo dice, y, sin embargo, lo considero grave, bueno, honrado y puro... Me afligiría que cambiara de modo de pensar, sin una causa evidente y convincente...

—Lo que quiere decir que le desagradan mis ideas actuales, María. ¿Lo que quiere decir que usted tampoco cree?

—Yo creo... Yo creo... La verdad es que nunca, hasta hoy, me he puesto á examinar esa cuestión. Tomé sin discusión lo que me enseñaron, y todavía no estoy preparada para discutir. Los mandamientos de la Ley de Dios son justos y santos, esto me basta. Los considero la regla de conducirse bien en la vida, y me someto á ellos como á una disciplina salvadora... Pero, si llegara á dudar de los artículos de la fe, me parece tan difícil que volviera á creer en ellos de la noche á la mañana... ¡En fin! Estas cuestiones no son muy entretenidas que digamos. Dejémoslas, Herrera, que nada adelantamos con eso.

Mucho me sorprendió esta conversación, y la expresión de desgano y tristeza que vi en la cara de María. ¿La habría mordido «el demonio implacable de la duda»? ¿Desmerecía yo en su concepto con mi nueva actitud? ¡Imposible! La mujer es creyente en nuestro país, y recuerdo que cuando incidentalmente criticaba yo ó satirizaba la religión en su presencia, María me llamaba al orden, diciendo que no debía hacer burla de las «cosas respetables».

Pero ¿quién entiende á las mujeres? Cualquiera diría que aquella muchacha sospechaba de mi sinceridad, vislumbraba un sentido oculto y utilitario en mi conversión, y abrigaba temores respecto de mi carácter y mi conducta futura para con ella. Quise poner esto en claro y anunciándole mi próximo viaje á Buenos Aires, le dije que, según todas las probabilidades, sería electo diputado al Congreso.

—Ya lo sabía, y lo felicito, Herrera. En el Congreso puede hacer mucho por el país.

—Lo dice usted sin interés ni entusiasmo.

—¡Vaya! No es cosa tan del otro mundo. Ser diputado no significa nada... Es un buen empleo, nada más... Eso si no se halla manera de elevarlo hasta la altura de una misión, y de servirse de él como de una herramienta poderosa para hacer el bien.

—Así lo haría yo, si tuviera quien me confortara é inspirara. ¿Quiere usted ser mi apoyo y mi inspiradora?. ¿Quiere ser mi mujer en cuanto me elijan, y entrar del brazo conmigo en Buenos Aires?