Se echó á reir.

—¡Vaya una modestia, amigo!—me contestó.—Usted hará muy buen papel en la Cámara... mejor que muchos otros. Ya me han escrito sobre su candidatura, que me satisface, porque usted es un hombre con quien se puede contar.

—¡Oh, en cuanto á eso!...

—Pero, dígame lo que pasa por allá. ¿Cómo se porta el gobernador Correa?

Inicióse, entonces, una larga plática, él preguntando, yo dándole detalles de todo género, haciendo retratos más ó menos parecidos de mis comprovincianos influyentes, contándole las últimas anécdotas y los últimos escándalos. Era curioso y se divertía muchísimo con aquella chismografía político-social, que yo manejaba como un maestro. Aproveché la circunstancia para informarlo de la actitud del clero y del partido católico ante el anuncio del proyecto de ley del divorcio.

—Pero no ve, amigo, cómo nos atacan los clericales—exclamó con un ademán violento y poniéndose ligeramente encarnado.—¡Nunca se ha visto!... Hacen política hasta en el púlpito, y hay que darles una lección... Están demasiado engreídos (engréidos, pronunciaba él), y no quiero que en mi Gobierno haya nadie que se ría de mí.

—¿Y no cree usted, Presidente, que atacándolos así, en lo más vivo, no se portarán peor? Todavía si el proyecto se lanzara sin el apoyo ostensible del Gobierno...

—Eso es lo que se hará, precisamente... No tengo interés mayor en la ley. Pero, al sentir esa amenaza, comprenderán que sólo yo puedo desvanecerla ó alejarla indefinidamente.

—¿De modo que nuestros diputados podrán votar como les parezca?

—Naturalmente. Lo que importa es el debate, un gran debate que entretenga la opinión. Prepárese, amigo Herrera, pues ése será un lindo estreno para usted.