Salí radiante de alegría, y corrí al hotel á escribir á Correa, á los amigos, para comunicarles que el Presidente me había ungido diputado. Todo temor desaparecía: era como si ya tuviese el diploma en el bolsillo. También escribí al padre Arosa, diciéndole que todo había pasado de acuerdo con nuestros deseos, y á de la Espada, pidiéndole que lanzara abiertamente mi candidatura en Los Tiempos, sin esperar á que el Comité me proclamase. ¡Me reía yo de todos los comités, de todos los gobernadores de provincia, de todos los candidatos de sí mismos!
Pasé en Buenos Aires una semana encantadora, corriendo de un teatro á una tertulia, de una visita á un paseo, de un club á alguna libre y amena reunión femenina, derrochando el dinero como sólo se ha derrochado en aquella época delirante y magnífica, que la mala suerte vino á interrumpir, pero que pudo ser, sin la intervención de la fatalidad, el comienzo de una era grandiosa que pareció reiniciarse diez ó quince años después. Un entorpecimiento, una momentánea escasez de dinero provocada por varias malas cosechas, hizo poco más tarde que todo el edificio, cimentado en el crédito, pero que se hubiera consolidado echando profundas raíces, se viniera abajo de la noche á la mañana, y pusiera en grave peligro la misma estabilidad de nuestro partido, es decir, del único que tiene suficientes fuerzas para gobernar el país, experiencia profunda y clara comprensión de cómo deben dirigirse sus progresos. ¡Lamentable aventura, que me hizo pasar las horas más amargas de mi vida! Pero aún estábamos lejos de tan penosa situación, y Buenos Aires se divertía bulliciosamente, á despecho de la prédica incendiaria de algunos periódicos, y al amparo de una policía fuerte y admirablemente organizada, cuya severidad era motivo de odio para el populacho que la oposición trataba de anarquizar.
Cuando volví á mi provincia, había gastado lo que allí me bastaría para vivir con rumbo seis meses, por lo menos. Poco me importaba. Mis terrenos y casas nuevas de Los Sunchos, sin darme sino muy escasa renta, se valorizaban día á día, y no tardarían en constituirme una regular fortuna que, bien utilizada en especulaciones que Buenos Aires ofrecía fácil y seguramente, harían de mí en poco tiempo un hombre muy rico. El porvenir estaba asegurado, ó, por lo menos, así lo creía yo.
Para asegurarlo más, siguiendo la corriente de la época, había sacado dinero de los bancos, no sólo en el de la provincia, sino también en el Nacional, unas veces con mi firma—las menos,—otras con las de algunos servidores de confianza, para ponerme al abrigo de todo evento, y no con la intención de suspender las amortizaciones, salvo caso de fuerza mayor. ¿Por qué había de permitir que una casualidad pudiera arruinarme, cuando muchos en peor posición política que yo, no corrían riesgo alguno, usando de cuanto dinero necesitaban? Además, con aquello no hacía daño á nadie, y esas sumas me permitían edificar, especular, aumentar el número y la extensión de mis propiedades...
Vuelto á la ciudad, mi primera visita fué para María, que me recibió como me había despedido, amistosa pero fríamente, con una reserva que se esforzaba al propio tiempo por mantener y disimular. Estaba evidentemente en guardia; pero, ¿contra qué? Hay misterios incomprensibles en el alma femenina.
Fray Pedro, á quien fuí á ver en seguida, me abrumó á preguntas, y sólo se tranquilizó cuando le dije lo que se proponía el Presidente: amenazarlos para mostrarse después buen príncipe, y atraerlos á su lado, ó, por lo menos, neutralizarlos en la fiera campaña de oposición que se iniciaba entonces.
¡Bien, muy bien! Pero no conseguirá ni lo uno ni lo otro, ni la ley, ni... lo que se propone con ese espantajo. No se puede encender una vela á Dios y otra al diablo, sus pretensiones demuestran que sigue tan hereje como antes.
Mi candidatura estaba proclamada y mi despacho de la policía, lo mismo que mi casa particular, se hallaban continuamente llenos de gente, de amigos adventicios, deslumbrados por mi rápida fortuna, y á quienes Zapata hacía los honores, dándoles el tono y el compás en el coro de mis alabanzas, y haciendo que se atiborraran de mate dulce y de ginebra con agua y panal. Mi gloria estaba en su apogeo. Yo era, si no el más importante, uno de los personajes más importantes de la provincia: todo el mundo me aseguraba que iba á votar por mí, y me pedía alguna cosa para cuando estuviera en Buenos Aires, un empleo para el hijo ó el pariente, una pensión para la viuda, la huérfana ó la hermana de un guerrero del Paraguay, que probablemente no había salido de su casa, una recomendación para que le descontaran en el Banco, mi apoyo para un pedido de concesión ó de privilegio, cátedras en los Colegios Nacionales, en las Escuelas Normales y hasta en las Universidades, cuanto Dios crió y las administraciones humanas inventaron desde que el mundo es mundo. Hubiérase dicho que yo tenía el cuerno de Amaltea, ó la varita de virtud, y creo que durante un tiempo fuí más rodeado que Camino, é incomparablemente más que Correa.
Yo á todos decía que sí.
Cuando se va subiendo en política, hay que acceder á cuanto se nos pide. Basta con reservarse la ocasión de hacerlo, que siempre llega en los tiempos indefinidos... Sólo que suele llegar tarde para los interesados.