XIII

En cambio, mi candidatura había hecho pésimo efecto en los diarios de oposición, que me llenaban de improperios, lo mismo que á los otros candidatos situacionistas. La prensa bonaerense nos zurraba también, incitada por sus corresponsales, eco molesto del periodismo local. El diario católico de la ciudad, entretanto, me perdonaba á mí sólo, atacando con singular violencia á mis futuros colegas que, al fin y al cabo, no valían ni mucho menos ni mucho más que yo, en cuanto á preparación, dotes intelectuales y morales y principios políticos. Como Correa, cuyas inútiles veleidades de dejarme plantado se desvanecieron una vez conocida la voluntad presidencial, me sonreía como al elegido de su corazón, y hacía cuanto estaba en su mano para ayudarme, los ataques recrudecieron, diciendo los diarios que él era el más empeñado en mi triunfo y que yo debía considerarme «su hijo... político», agregando que ésta era la mayor vejación que se hubiese hecho sufrir á la provincia. Aunque esto pudiera no haberme importado, pues tenía segura mi «banca» en el Congreso, no me avine á dejar pasar sin castigo todas estas impertinencias y empuñando mi mejor tajada pluma, y mojándola en bilis y veneno, inicié aquellas célebres «Semblanzas contemporáneas» cuya serie forma una galería de retratos satíricos de los prohombres de la oposición de mi provincia.

Allí salían á bailar todas sus ridiculeces, sus defectos morales y físicos, y hasta los detalles más ó menos pintorescos y escabrosos de su vida privada. Tuve para esto dos colaboradores eximios en don Claudio Zapata y misia Gertrudis, que conocían la vida y milagros de la provincia entera, desde tres generaciones atrás. Aparte la genealogía minuciosa de cada familia, sabían todos los escándalos verdaderos ó calumniosos, presentes, pasados y hasta futuros de cada uno de nuestros comprovincianos de significación.

—¿Qué se puede decir de Fulano, misia Gertrudis?

—Que es un mulatillo y nada más. El abuelo era un negro liberto de los Bermúdez, que entró de sacristán en San Francisco. Los buenos padres enseñaron á leer y escribir á los hijos, que se hicieron comerciantes en un boliche de almacén y pulpería, y ganaron platita. Me acuerdo que, cuando muchacha, al pasar el padre de este personaje de hoy, le cantábamos para hacerlo rabiar:

La Habana se v'á perder
la culpa tiene el dinero:
Los negros quieren ser blancos,
los mulatos caballeros.

Tenía el odio más inveterado y mortal contra los negros y los mulatos, sólo comparable con el que dedicaba á los «carcamanes», ó sea italianos burdos, á los «gringos», es decir, á los extranjeros en general, y á los catalanes, aunque fueran nobles hijos de la península ibérica, patria de sus antepasados. Para cada colectividad de éstas tenía una copla, más ó menos chistosa, por ejemplo:

Á la orilla de un barranco
dos negros cantando están:
¡Dios mío! ¡quién fuera blanco...
aunque fuese catalán!