Á los carcamanes, bachichas, «mangia polenta», escasos por entonces en la provincia, no les economizaba dicterios, y el mismo doctor Orlandi, pese á su alta posición oficial y pecuniaria, no escapaba á sus tiros. Don Claudio le hacía coro y complementaba á veces sus recuerdos y observaciones, con análoga malevolencia, subrayando algún detalle ó exhumando otros desconocidos ú olvidados por su cara mitad.

—«Acordate» de que, cuando nació Zutanito, hacía meses que había parado en su casa don Justo, el gran caudillo. Y Zutanito es el vivo retrato de don Justo, mientras que no se parece nada al padre.

Y así para todos, sin que nadie quedara en pie. Completaban, pues, admirablemente mi policía oficial, en el tiempo y en el espacio, metiéndose donde ésta no podía entrar, resucitando archivos inaccesibles para ella, y gracias á sus informes é insinuaciones podía yo escribir sueltecitos picantes como «ají cumbarí». Pero, aleccionado por el caso de Vinuesca, que no había para qué repetir—los duelos son útiles cuando el motivo lo merece y pueden darnos mayor notoriedad,—cuidaba de indicar clara, inequívocamente á mi víctima, pero sin señalarla de un modo categórico. Quiero presentar aquí un espécimen de aquella literatura, una silueta—no la más hiriente, por cierto,—de un enemigo de significación, el redactor en jefe de El Grito del pueblo, diario el más vehementemente radical que se haya visto en mi provincia:

«Escribe con una copa de caña al lado. Esta copa siempre está llena, y no porque él la olvide. No. Cuando se la bebe, distraído, le escancia inmediatamente otra una mujerona de color sospechoso, entre china y mulata, con quien se casó hace poco para legitimar una larga prole de negritos de mota y pata en el suelo. Este manejo se repite cada cinco minutos ó á cada párrafo de «sana doctrina política». La Hebe archicriolla, si no se prefiere archiafricana, cobra, naturalmente, su comisión en especies, echando sendos tragos, de modo que al acabar un artículo atiborrado de insultos y de calumnias y hediendo á alcohol, ambos, el salvador del país y su Egeria cetrina, están completamente borrachos. Entonces leen lo que el Literato ha escrito, y la Musa orillera hace corregir las palabras demasiado suaves, substituyéndolas con las más gordas del diccionario populachero, y dándoles todo el fétido aliento de su dipsomanía. Y el engendro de su doble embriaguez delirante es para ellos algo sagrado, si no divino, el eco exacto y admirable del grito del pueblo. Para los demás es únicamente, y no puede ser otra cosa, el eructo del porrón.»

No copio más, porque juzgo ahora este sistema de polémica menos distinguido que entonces, y mucho más ineficaz de lo que parece. Va más allá del blanco. Pero agregaré en mi descargo, si no en mi honor, que estos mismos sueltos, procaces si se quiere, eran modelo de discreción y agudeza, comparados con los que entonces solían leerse en la prensa provinciana, y de los que guardo algunos tan curiosos, como aquél que discutía el modo y forma del nacimiento de un personaje puntano... Ni insinuar se puede lo que decía.

Como es fácil de comprender, este deporte periodístico era para mí una diversión incomparable, que me absorbía largas horas en la rebusca de insidias y gracejos. El resto de mi tiempo estaba ocupadísimo, pues ya había comenzado la agitación política con sus asambleas de comités, sus almuerzos campestres, sus asados con cuero, sus manifestaciones callejeras, sus mítines en el teatro ó en las canchas de pelota, su serie interminable de fiestas y reuniones, en que tuve que pronunciar casi tantos discursos como un candidato yanqui á la Presidencia. Pero, con un arsenal de lugares comunes que me había formado, salía airoso, barajando unas veces de una manera y otras de otra, los: sanos principios de política, el sistema republicano de gobierno, la unidad y la integridad nacional, el partido dirigente por excelencia, la hidra siempre amenazadora de la anarquía, la representación genuina de las provincias, el Presidente de la República, garantía de paz, de prosperidad y de progreso, la vil canalla de la oposición, la traílla de perros rabiosos de su prensa, la baba venenosa de la calumnia, los altos intereses del Estado, que defendería hasta el sacrificio, la era de las instituciones... y mil otras frases más ó menos huérfanas de pensamiento, que el público me escuchaba con tamaña boca abierta, y me aplaudía á rabiar, porque con esa intención ó esa consigna había acudido á oirme.

Pero tanto fué el tolle que armó la prensa local y la bonaerense sobre mi presencia inmoral y tiránica al frente de la policía, siendo candidato, tanto se protestó contra este escándalo electoral, que Correa estuvo á punto de ceder y quitarme el mejor escalón para llegar al Congreso. ¡No en mis días! Las circunstancias me ayudaron otra vez.

Volvían á correr rumores de revolución. En nuestra tierra siempre han corrido rumores de revolución, sobre todo entonces, y desde tiempo inmemorial. Podía aplicarse al país lo de que «cuando no estaba preso lo andaban buscando», y la prensa europea glosaba nuestras convulsiones internas como otros tantos cuadros de una opereta pasada de moda. Las últimas, sin embargo, habían realizado la «unidad nacional», poniendo al unísono á todos los gobiernos de provincia, que pertenecían exclusivamente á nuestro partido por obra y gracia del ejecutivo de la nación, del ejército y de las intervenciones. Pero la oposición, desalojada hasta de sus últimos baluartes, quería tomar el desquite y se armaba para luchar en el terreno de la fuerza, declarando que el de la legalidad estaba clausurado para ella. Mi provincia no constituyó excepción. Pero las oposiciones, cuando no son enormemente fuertes, resultan muy desgraciadas en nuestro país, y nunca son así, enormemente fuertes, sino en circunstancias especiales y siempre transitorias. La mayoría, en realidad, prefiere ser martillo y no yunque.

No tardé, pues, en saber los preparativos que se hacían contra el Gobierno local. Los jefes de dos de las estaciones urbanas de ferrocarriles, que tenían también la dirección del resto de sus líneas en la provincia, se permitían ser opositores con mayor ó menor franqueza. El tercero se declaraba situacionista, porque no era «forastero» como los otros, venidos de Buenos Aires y Santa Fe. Este último acudió un día á mi despacho, muy alarmado, para revelarme que se habían introducido algunos cajones de armas por su línea, aunque fuera notoria su fidelidad al Gobierno y su continua vigilancia.

—Y si se han atrevido á servirse de mi compañía—agregó,—estoy seguro de que se sirven mucho más de las otras, y de que en estos momentos ya hay centenares de fusiles en la provincia.