Era la hija única de don Higinio Rivas (don Inginio para el pueblo), personaje que compartía con mi padre, muy secundariamente, la dirección política del departamento. Se llamaba Teresa y, según la ve ahora mi experiencia, no pasaba en aquel tiempo de ser una muchacha casi tan vulgar como su nombre (¿ó es que el nombre me parece vulgar porque lo llevaba ella?). Sin embargo, resultaba entonces para mí la flor de la maravilla, porque tenía el divino prestigio de la juventud, y porque en nuestra democracia campesina ocupaba en realidad un puesto análogo al de una princesa, así como yo podía parecer un príncipe sin corona. Morena, de cabellos y ojos negros, cara oval, nariz fina y recta, boca grande y roja, barbilla un tanto avanzada, sin rasgo alguno notable, tenía, no obstante, una tez aterciopelada de morocha, sonrosada en las redondas mejillas, que era un verdadero encanto é invitaba á besarla, ó á morderla como un fruto maduro. De estatura mediana, gruesa por falta de ejercicio y exceso de golosinas y mate dulce, parecía bajita y esto le afeaba un tanto el cuerpo que, más esbelto, hubiera resultado gracioso. En cambio, tenía el don de atraer con su mirada bondadosa y suave, como lejana ó dormida, y con su palabra lenta y melosa á causa de un ligero ceceo y de las inflexiones largas y cantantes de la voz. Era, en suma, una criollita poco excepcional, pero en Los Sunchos hubiera obtenido el primer premio, á estilarse allí los concursos de belleza. Siempre á una ventana del viejo caserón que, rodeado de árboles, daba frente á casa en la calle de la Constitución, Teresa, que fué mi compañera en la primera infancia, me seguía infatigablemente con los ojos en mis continuas idas y venidas, sin que yo parara mientes en aquel interés, ni tratara de investigar sus causas. Pero cuando sentí las iniciales aspiraciones amorosas y comencé á soñar en la mujer ideal, el instinto me llevó á fijar la vista en ella, como en la posible realización de mi deseo poético de conquistar el primer perfume de una flor de invernáculo, ó por lo menos de jardín cultivado y custodiado. Aquel «hortus conclusus» llegó, en fin, á detener mi atención y á despertar en mí un sentimiento exteriormente parecido al amor; amor cerebral, apenas, primer despertamiento de la imaginación en consorcio con los sentidos, como lo prueba la forma en que me di cuenta de que lo experimentaba...

Era una noche, tarde ya, y mientras todos dormían en casa, yo leía con entusiasmo la Mademoiselle de Maupin, de Teófilo Gautier; como á Paolo y Francesca los amores de Lancelotto, aquel libro sensual me produjo extraordinario y repentino vértigo. La sugestión surgió, imperativa, y, como si se iluminara de golpe mi cerebro, vi rodeada de un nimbo la imagen de Teresa, tal como nunca se había presentado á mis ojos ni á mi imaginación, hermosa, provocativa, con un encanto nuevo y fascinador. Tan poderoso fué este choque recibido por mi espíritu, que—cual si se tratara de una cita convenida de antemano,—salté de la cama con arrebato infantil, me vestí á toda prisa, y sin pensar en la ridiculez y la inutilidad de mi acción, salí á la calle y, envuelto en la sombra de la noche, sola ánima viviente en el pueblo amodorrado, comencé á tirar piedrecitas á los vidrios de la que, improvisamente llamaba ya «mi novia», con la esperanza de verla asomarse y de trabar con ella el primer coloquio sentimental, vibrante de pasión... Como ni ella ni nadie se movió en la casa, al cabo de una hora de salvas inútiles me volví desalentado, como quien acaba de sufrir un desengaño terrible, creándome toda una tragedia de indiferencia, infidelidades y perfidias, en la que no faltaban ni el rival, ni el perjurio, ni el arma homicida con sus consiguientes lagos de sangre.

¡Oh, imaginación desenfrenada! ¿Quién podrá admitir que, sin otra causa que el propio demente arrebato, aquella noche pensé en el suicidio, lloré, mordí las almohadas y representé para mí solo toda una larga escena de violencias románticas?... Hoy quizá me explique aquel estado de ánimo. De mí podía decirse, seguramente, que por la edad y el temperamento, amén de las lecturas especiadas, me hallaba en el punto en que no se ama una mujer, ni la mujer en general, sino sencillamente en que se comienza á amar el amor; situación difícil y peligrosa, á poco que falten los derivativos.

Pero, con toda mi desesperación, después de divagar, algo febril, acabé por dormirme tan tranquilo, como si nada hubiese pasado. La pesadilla en vigilia cedió su lugar al sueño sin ensueños de la adolescencia que se fatiga hasta caer rendida con el esfuerzo físico de largas horas.

V

Al día siguiente, bien temprano, cuando desperté, como si el sueño hubiese sido sólo un paréntesis, y aunque me sintiera fresco, dispuesto y con la cabeza despejada, reanudóse la pesadilla y la imaginación recobró sobre mí su imperio tiránico. Menos nervioso, sin embargo, me vestí con un esmero que no acostumbraba, y me dirigí á casa de Teresa, resuelto á aclarar la situación, absolver posiciones, y, si á mano venía, enrostrarle su desvío y acusarla de traición. Y, en pleno drama, me sentía alegre.

Ya he hablado de la vehemencia de mi carácter y de mi empuje para realizar mi voluntad; no extrañará, pues, que en aquella época estas peculiaridades llegaran á la ridiculez, y menos si se tiene en cuenta, por una parte, que dada la inexperiencia de la muchacha mi tontería no resultaría para ella ridícula, sino dramática, y por otra, que aquella mañana primaveral hacía un calor bochornoso y enervante, soplaba el viento norte, enloquecedor, el sol, á pesar de la hora temprana, echaba chispas, y la tierra húmeda con las lluvias recientes, desprendía un vaho capitoso, creando una atmósfera de invernáculo.

Don Inginio acababa de salir á caballo, y Teresa tomaba mate, paseándose lentamente en el primer patio, cuando yo llegué. Al atravesar nuestro jardín asoleado y la calle, cuyo suelo de tierra abrasaba bajo el sol, sentí como un zumbido en el cerebro, y toda mi tranquila frescura desapareció. No vi á Teresa, no vi más que una imagen confusa, morena y sonrosada, con largas trenzas cadentes sobre el suelto vestido de muselina, y olvidando toda la escena combinada en mi cuarto, corrí hacia ella, la así de la cintura y exclamé con arrebato, como si la niña estuviera ya al corriente de cuanto había pasado ó yo imaginara.

—¿Por qué sos así?