Este ex abrupto, casi demente, produjo su efecto natural, cuya lógica comprendí, aunque no estuviese acostumbrado á tales repulsas. No se trataba de una de mis siervas, y aquel arranque la sobrecogió, la espantó, la indignó. Con violento ademán, se libertó de mi brazo, y en su movimiento medroso y brusco dejó caer y rodar por las baldosas el mate que se rompió con sordo ruido, mientras la bombilla de plata saltaba repicando con notas argentinas.
La reacción se produjo bruscamente en mí. Al acto impulsivo y brutal siguió una timidez extrema. Quise decir algo y sólo acerté á iniciar la frase con un risible «pero... pero...» varias veces repetido. Traté, nuevo Quijote, de recordar alguna circunstancia análoga, leída en los libros, pero no evoqué sino hechos vagos y caricaturescos, enteramente fuera de situación, y, con el amor propio herido por la vergüenza, allí hubiese puesto fin á las cosas, si la muchacha, magnífica é instintivamente femenina, no me hubiera tendido un puente y quitado toda importancia á la escena, diciéndome con su ligero ceceo, mientras recogía la bombilla y los restos del mate:
—¡Qué zuzto me haz dado! Eztaba diztraída.
No agregó más. Era innecesario y no le hubiera sido fácil. Pero aquellas pocas palabras bastaron para devolverme el aplomo, y me permitieron buscar un nuevo plan, otro punto de partida para el ataque. Y, sin mucho cavilar, comprendiendo instintivamente que en el presunto enemigo podía ver un secreto aliado, comencé por donde primero se me ocurrió, es decir, por la más tonta de las trivialidades.
—¿Has visto—pregunté con acento indiferente,—la cantidad de macachines que hay en el campo?
Como si aquello la interesara de veras, sonrió, dió un paso hacia mí, é inquirió, clavándome los ojos, negros y francos:
—¿Hay muchoz?
—¡Muchísimos! ¿Querés que te traiga?
—¿Con ezte zolazo? ¡No, no! Te podría dar un ataque á la cabeza.
—¡Bah! El sol no me hace nada. Siempre ando al sol y nunca me hace nada.