—Ademáz, no me guztan.
Lo dijo con mucha coquetería, ruborizada, encantadora por el ceceo, la sonrisa tierna, el brillo feliz de los ojos. Yo busqué otro obsequio.
—¿Y los huevos de gallo?
—¡Oh! Ezo zí; pero no para comerloz: los pongo en los floreros, con los penachos de cortadera, y resultan máz bonitoz...
—¡Pues ya verás! ¡Ya verás el montón que te traigo!—exclamé con resolución, como si prometiera realizar una hazaña, tanto que, alarmada, tratando de detenerme dulcemente, porque yo salía ya á toda prisa:
—¡No vayas á hacer ningún dizparate, Mauricio!—suplicó.
—¡Dejá, dejá no más!
Y salí corriendo, sí. Por tres razones: porque la situación, mucho menos tirante que en un principio, no dejaba, todavía, de serme embarazosa; porque aquel pretexto, aunque traído de los cabellos, me servía á maravilla para retirarme con dignidad, dejando pendiente la escena, y porque acababa de ocurrírseme un acto romántico que, trasnochado y todo, era de los que siempre producirán gran efecto en el corazón femenino. Huevos de gallo, no había, por el momento, sino en una barranca á pico, junto al arroyo, y las matas de la plantita silvestre, cuyos frutos aovados y nacarinos son la delicia de los muchachos, colgaban sobre lo que podía llamarse un abismo, apenas más arriba de las cuevas de los loros barranqueros, expertos descubridores de sitios inaccesibles para instalar su nido.
Los que arriesgan la vida por realizar el capricho de una mujer amada, sea en las traidoras neveras, buscando la flor de los hielos, sea en el cubil para recoger un guante perfumado entre las fauces de las fieras, tenían toda mi admiración, no sólo por su heroísmo, sino también porque su voluntad les llevaba á la realización de sus apasionados deseos. ¡Ésos son hombres! Quieren un triunfo, un placer, y se lo pagan sin fijarse en el precio, más grandes que quien tira su fortuna por un capricho, aunque éste sea muy grande también, pese al ridículo de que suelen rodearlo los que no comprenden su acción heroica. Yo me sentía capaz de hacer lo mismo que los primeros, y agregaré que aun me sentiría con disposiciones análogas, si el motivo determinante fuera de mayor cuantía. Así como en la adolescencia fuí capaz de exponerme por ofrecer huevos de gallo á una chiquilla, así también, ahora que peino canas, me siento apto para intentar cualquier esfuerzo, heroico ó no, loable ó vituperable, si de él depende el logro de un fin que me importe mucho. Qué fin no hace el caso. Bástame con afirmar mi capacidad de acción.
Una hora después de mi brusca partida, volvía yo á casa de Teresa con el pañuelo lleno de grandes perlas verdosas, semitransparentes, que se destacaban sobre el verde más obscuro y sucio de las hojas. La niña recibió el regalo con regocijo y se empeñó en que le contara dónde y cómo había hecho la hermosa cosecha. En el lenguaje tosco é impreciso que era entonces mi único medio de expresión, relaté la aventura, el descenso hasta la mitad de la Barranca de los Loros, valiéndome de una cuerda atada á un árbol al borde del abismo, los chillidos alborotados y furiosos de los loros al creerse atacados, las oscilaciones de la cuerda en el vacío, mientras arrancaba la fruta y la metía en los bolsillos, el dolor de las manos quemadas por el roce violento, la dificultad de la ascensión final, cuando hubiera sido tan fácil, si la cuerda alcanzara, bajar hasta el arroyo que corría á diez metros de mis pies... Teresa, maravillada, me acosaba á preguntas, obligándome á completar el relato con minuciosos detalles, muchos de ellos inventados ó evocados de mis lecturas, para dar más realce á la proeza. Los ojos le brillaban de entusiasmo. Sus labios, algo gruesos y tan rojos, sonreían con expresión admirativa, y, al propio tiempo, angustiada, y sus mejillas se coloraban y empalidecían alternativamente. Cuando terminé: