—¡Muchaz graciaz!—murmuró.—¡Zos muy valiente!
Y se puso encarnada como una flor de seibo, mientras bajaba la vista para mirar las frutitas que sostenía con ambas manos en el delantal.
Pensé que la situación había cambiado radicalmente; pero no me atreví á utilizar sus ventajas, ó no encontré el medio de aprovecharlas. Limitéme á decir que aquello no tenía importancia, que cualquiera hubiese hecho lo mismo, que estaba pronto á todo por complacerla... Me dió, en premio, un ramito de jazmines del país, que ella misma cultivaba, y me dijo sonriente, al despedirme:
—Y no hagáz como antez, no seaz tan «chúcaro». Vení á vernos de cuando en cuando.
—¡Ya lo creo que vendré!
Y fuí todos los días, á veces mañana y tarde, preferentemente cuando don Inginio no estaba en casa. Renació así la intimidad de la niñez, pero en otra forma. Aunque evidentemente enamorada de mí, aunque cándida y confiada, Teresa se mantenía en una reserva que, en otra mujer, hubiera parecido calculada y hábil. Sin tomar demasiado á mal mis avances, sabía tenerme á distancia y rechazar sin acrimonia toda libertad de acción, permitiéndome, en cambio, todas las que de palabra me tomaba. Éstas no eran muchas, á decir verdad, porque los abstrusos ó almibarados requiebros que me proporcionaban algunas novelas, me parecían incomprensibles para ella, é inadecuados por añadidura, mientras que las fórmulas oídas en mi mundo rústico é ignorante, las burdas alusiones, los equívocos rebuscados y brutales, la frase cruda, grosera, primitivamente sensual, asomaban, sí, á mis labios, pero no salían de ellos, por una especie de pudor instintivo que era, más bien, buen gusto innato comenzando á desarrollarse. Jugábamos, en suma, como chiquillos, corriendo y saltando, nos contábamos cuentos y ensueños, y había en ella una mezcla de toda la coquetería de la mujer y todo el candor de la niña, que irritaba y, al propio tiempo, tranquilizaba mis pasiones...
VI
Tal fué la primera parte de mis primeros amores serios, que no pasaron, naturalmente, inadvertidos para don Inginio, quien no les puso obstáculos, sin embargo, considerando que el hijo de Gómez Herrera y la hija de Rivas estaban destinados el uno á la otra, por la ley sociológica que rige á las grandes casas solariegas, en el sentir de los creyentes, todavía numerosos, en estas aristocracias de nuevo ó de viejo cuño. Aquel astuto político de aldea, calculaba, sin duda, que si bien mi padre no poseía una fortuna muy sólida, el porvenir que se me presentaba no dejaría de ser, gracias á mi nombre, fácil y brillante, sobre todo si tatita y él se empeñaban en crearme una posición. Ni al uno ni al otro le faltaban medios para ello, y los dos unidos podrían hacer cuanto quisieran.
Bajo y grueso, con la barba blanquecina y los bigotes amarillos por el abuso del tabaco negro, la melena entrecana, los ojos pequeños y renegridos, semiocultos por espesas cejas blancas é hirsutas, la tez tostada, entre aceitunada y rojiza, don Inginio parecía, físicamente, un viejo león manso; moralmente era bondadoso en todo cuanto no afectaba á su interés, servicial con sus amigos, cariñoso con su hija, libre de preocupaciones sociales y religiosas, de conciencia elástica en política y administración, como si el país, la provincia, la comarca, fueran abstracciones inventadas por los hábiles para servirse de los simples, socarrón y dicharachero en las conversaciones, á estilo de los antiguos gauchos frecuentadores de yerras y pulperías. Rara vez se quedaba entre Teresa y yo; prefería dejar que el destino urdiera su tela, pronto, sin embargo, á intervenir en el momento oportuno para la mejor realización de sus proyectos. Aunque conociera gran parte de mis diabluras y excesos, parecía no temer que yo abusara de la situación, quizá por su absoluta confianza en Teresa, quizá, también, porque contaba con mi temor y mi respeto hacia él, considerándose excepcionalmente defendido por su prestigio y por mi propio interés. Para demostrarme cuál era éste, me decía, á menudo, que mi padre y él harían de mí «todo un hombre», haciéndome vislumbrar la fortuna y el éxito. Teresa, al oirlo, aprobaba calurosamente, y yo me quedaba perplejo, sin poder adivinar sus planes, é intrigado con ellos.