—¿Qué quiere decir don Inginio cuando habla de hacerme «todo un hombre»?—pregunté un día á Teresa.—¿Te ha dicho algo sobre eso?

—Puede ser—contestó con sonrisa indefinible, llena de reticencias.—Lo único que puedo decirte—agregó, muy afirmativa,—es que tatita te quiere mucho, y que siempre hace todo lo que dice.

No tardaría, por mal de mis pecados, en conocer aquellos proyectos, que habían de darme los primeros días desgraciados de mi vida.

Entretanto, y como si temiera un pesar futuro, Teresa me demostraba un afecto cada vez más tierno, entusiasta y confiado, y me miraba con cierta admiración, dulce caricia á mi amor propio y causa de obscura felicidad.

Satisfecho por el momento con estas sensaciones tan gratas, no intenté renovar la fracasada tentativa y me mantuve en actitud correcta, desahogando el exceso de mi vitalidad, el ansia insaciada de acción, en las antiguas correrías picarescas con los pillastres del pueblo que, ya mayorcitos, habían ensanchado, como yo, el teatro de sus diversiones, refinando y complicando también los elementos de éstas. Pero cada vez me sentía menos interesado por mis camaradas. Más precoz que casi todos ellos, atraíanme los hombres hechos y derechos, cuyos placeres me parecían más intensos y picantes, más dignos de mí, y por esto se me veía continuamente en los cafés, donde se jugaba á los naipes, en el reñidero, en las canchas, en todos los puntos de alegre reunión, donde si no se me recibía con regocijo, tampoco se me demostraba enfado ni desdén.

Pero esta agradable vida y mis inocentes amores se interrumpieron á un tiempo, de allí á poco. Tatita, inspirado por don Inginio, según supe después—y aquí comienza la realización de los misteriosos proyectos de éste,—declaró un día que la enseñanza de don Lucas era demasiado rudimentaria para prepararme al porvenir que me estaba deparado, y que había resuelto hacerme ingresar en el Colegio Nacional de la capital de la provincia, antesala de la Facultad de Derecho, á la que me destinaba, ambicionando verme un día doctor, quizá ministro, gobernador, presidente... Recuerdo que, al comunicarme su decisión, lo hizo, agregando juiciosas consideraciones:

—El saber no ocupa lugar. Pero no es eso sólo. En la ciudad te relacionarás muy bien, gracias á mis amigos y correligionarios, y una relación importante, una alta protección, valen más en la vida que todos los méritos posibles. También, sepas ó no sepas, el título de doctor ha de servirte de mucho. Ese título es, en nuestro país, una llave que abre todas las puertas, sobre todo en la carrera política, donde es imprescindible, cuando se quiere llegar muy lejos y muy alto. Algunos han subido sin tenerlo, pero á costa de grandes sacrificios, porque no ostentaban esa patente de sabiduría que todo el mundo acata. Pero, en fin, aunque no llegaras á ser doctor, siempre habrías ganado, en la ciudad, buenas cuñas para los momentos difíciles y para el ascenso deseado, conociendo y conquistándote á los que tienen la sartén por el mango y pueden «hacerte cancha» cuando estés en edad.

La resolución de mi padre me dió un gran disgusto, pues preví que cualquiera cosa nueva sería peor que la vida de holganza y libertad á que estaba acostumbrado. Me opuse, pues, con toda mi alma, protesté, hasta lloré, tiernamente secundado por mamita, que no quería separarse de mí, y para quien mi ausencia equivalía á la muerte, siendo yo el único lazo que la ligaba á la tierra. Mi resistencia, airada ó afligida, según el momento, fué tan inútil como las súplicas maternas: tatita no cedió esta vez, tan profundamente lo había convencido don Inginio, entre otras cosas con el ejemplo de Vázquez, fletado meses antes á la ciudad, aunque su familia no tuviese los medios de la nuestra.

—Mire, misia María—dijo irónicamente mi padre á mamá, que insistía en tenerme á su lado.—Deje que el mocoso se haga hombre. Prendido á la pretina de sus polleras, no servirá nunca para nada.

Mi madre calló y se limitó á seguir llorando en los rincones, de antiguo sometida sin réplica á la voluntad de su marido. Rogó y consiguió, tan sólo, que se me pusiese en una casa cristiana, donde no hubiera malos ejemplos, perdición de los jóvenes, juzgándome, en su candor, tan blanco é inocente como el cordero pascual. Yo, entretanto, fuí á desahogar mi dolor en el seno amante de Teresa.