¡Con qué asombro vi que consideraba mi destierro como un sacrificio penoso, pero necesario para mi felicidad! Ganas tuve hasta de insultarla, cuando me dijo ceceando, con los ojos llenos de lágrimas, en su lenguaje indeterminado á veces, que mi partida era para ella un desgarramiento, que me iba á echar mucho de menos y le parecería estar completamente sola, como muerta, en el pueblo, pero que, como se trataba de mi bien, se consolaba pensando en volverme á ver hecho un personaje.

—Además—agregó,—la ciudad te va á gustar mucho, te vas á divertir, te vas á olvidar de Los Sunchos y de tus amigos. ¡Esto sería lo peor!—suspiró tristemente.—¡En cuanto le tomes el gusto ya no querrás volver!

—¡No seas tonta! ¡Lo único que yo quisiera sería quedarme!...

Llegó el día de la partida. Momentos antes de la hora corrí á despedirme de Teresa que me abrazó por primera vez, espontáneamente, llorando, desvanecida la entereza que se había impuesto para infundirme ánimo. Yo me conmoví, sintiendo por primera vez también que quería de veras á aquella muchacha ó que tenía un vago temor de lo futuro desconocido y me aferraba conservadoramente á la familia.

En casa, mamita, hecha una mar de lágrimas, renovó la escena, dramatizándola hasta el espasmo, y su desconsuelo produjo en mí una extraña sensación. No había que exagerar tanto; yo no me iba á morir y puede que, por el contrario, me esperaran muchos momentos agradables en la ciudad... La desesperación materna tuvo la virtud de devolverme la sangre fría.

Cuando, en la puerta de casa, se detuvo la diligencia que, tres veces por semana, iba de Los Sunchos á la ciudad y de la ciudad á Los Sunchos, habían llegado en manifestación de despedida los notables del pueblo: don Higinio Rivas, alegre y dicharachero, el intendente municipal, don Sócrates Casajuana, muy grave y como preocupado de mi porvenir, el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra, protector conmigo, servil con tatita, el comisario de policía, don Sandalio Suárez, que, tirándome suavemente de la oreja, tuvo la amabilidad de explicarme: «En la ciudad no hay que ser tan cachafaz como aquí. Allí no hay tatita que valga, y á los traviesos los atan muy corto.» Entre otros muchos, no olvidaré á don Lucas que creyó de su deber alabar mis altas dotes intelectuales y de carácter, y vaticinarme una serie indefinida de triunfos:

—¡Este joven irá lejos! ¡Este joven irá muy lejos! ¡Será una gloria para su familia, para sus maestros—entre los cuales tengo el honor de contarme, aunque indigno,—para sus amigos y para su pueblo!... Estudie usted, Mauricio, que ningún puesto, por elevado que sea, resultará inaccesible para usted...

En seguida, como si sus vaticinios fueran de inminente realización, agregó:

—Pero, cuando llegue la hora de la victoria, no olvide usted al humilde pueblo que ha sido su cuna, haga usted todo cuanto pueda por Los Sunchos.