—¡Sí! ¡Que nos traiga el ferrocarril, y... y un Banquito!—dijo burlonamente don Inginio.

Todos rieron, con gran disgusto de don Lucas, que quería ser tomado en serio.

Isabel Contreras, mayoral de la diligencia, subía entretanto nuestro equipaje á la imperial—la valija de tatita y dos ó tres maletas atestadas de ropa blanca, de dulces y pasteles, amén de una canasta con vituallas para almorzar en el camino.—Muchos apretones de manos. Mamita me abrazó, llorando desgarradoramente.

—¡Vamos! ¡Arriba, que se hace tarde!

Papá y yo ocupamos el ancho asiento del cupé, hubo algunos gritos de despedida, recomendaciones y encargos confusos, la galera echó á andar con gran ruido de hierros, chasquidos de látigo, silbidos de los postillones y ladridos de perros, seguida á la carrera por una pandilla de muchachos desarrapados que la acompañaron hasta el arrabal. Teresa se había asomado á la ventana, y, lejos ya, desde el fondo de la calle Constitución, todavía vi flotar en el aire su pañuelito blanco...

VII

El viaje en la galera, muy agradable y divertido en un principio, sobre todo á la hora de almorzar, que adelantamos bastante para entretenernos en algo, resultó á la larga interminable y molesto, aun para nosotros que no íbamos estivados entre bolsas y paquetes, como los infelices pasajeros del interior.

—¡Qué brutos hemos sido en no venirnos á caballo!—decía mi padre.

Él utilizaba muy poco la diligencia, prefiriendo los largos galopes que lo dejaban tan fresco como una lechuga, y después de los cuales afirmaba con naturalidad no exenta de satisfacción:

—Veinte leguas en un día no me hacen «ni la cola», con un buen «montado» y otro de tiro.