Pero temía que la jornada fuese demasiado penosa para mí, y no era hombre de hacer noche en mitad del camino, pues consideraría menoscabada con ello su fama de eximio jinete, ó, más bien, de «buen gaucho». En cuanto á mí, doce leguas era el maximum que había alcanzado en mis excursiones, pero tampoco me asustaban las veinte, en mi petulancia juvenil.

Nuestra única diversión era mirar el campo, que parecía ensancharse inacabablemente delante de la galera, lanzada á todo galope de sus doce caballos flacos y nerviosos, atados con sogas, ensillados con cueros que ya no tenían ó nunca habían tenido la forma de un arnés, y tres de ellos, á la izquierda, montados por otros tantos postillones harapientos, de chiripá, bota de potro y vincha en la frente, sujetando las negras y rudas crines de su cabellera. Los tres gritaban alternativamente, haciendo girar sobre sus cabezas la larga trenza de su arriador, que caía implacable, ora sobre las ancas, ora sobre la cabeza de los pobres «mancarrones». Contreras, desde su alto pescante, con cuatro riendas en la izquierda, blandía con la derecha el látigo largo y sonoro, nunca quieto, azotando sin piedad los dos caballos de la lanza y los dos cadeneros, y la diligencia, envuelta en una nube de polvo, iba dando saltos en las asperezas del camino, como si quisiera hacerse pedazos para acabar con aquella tortura que la hacía gemir por todas sus tablas, por todos sus hierros, por todos sus vidrios á un tiempo.

Terminaba el verano. Las entonces escasas cosechas de aquella parte del país—hoy océano de trigo,—estaban levantadas ya, los rastrojos tendían aquí y allí sus erizados felpudos, la hierba moría, reseca y terrosa, y el campo árido nos envolvía en densas polvaredas, mientras el sol nos achicharraba recalentando las agrietadas paredes del vehículo. En el paisaje ondulado y monótono, el camino se desarrollaba caprichosamente, más obscuro sobre el fondo amarillento del campo, descendiendo á los bañados en línea casi recta, como un triángulo isósceles de base inapreciable, ó subiendo á las lomas en curvas serpentinas que desaparecían de pronto para reaparecer más lejos como una cinta estrecha y ennegrecida por el roce de cien manos pringosas. Pocos árboles, unos, verdes y melenudos, como bañistas que salieran de zambullirse, otros, escasos de follaje, negros y retorcidos, como muertos de sed, salpicaban la campiña, cortada á veces por la faja caprichosa y fresca de la vegetación, siguiendo el curso de un arroyo, pero sin interés, con una majestad vaga y difusa, indiferente, en suma, para la mayoría, y mucho más para mí, que, medio adormecido, pensaba confusamente en mis compañeros, en Teresa, un poco en mi madre, desconsolada, y un mucho en la vida de desenfrenado holgorio que llevara durante tantos años en Los Sunchos. ¿Se había acabado la fiesta para siempre? ¿Me aguardaban otras mejores?

En las postas, mientras Contreras, los postillones y los peones «ociosos», lentos y malhumorados, reunían los caballos, siempre dispersos, aunque la galera tuviese días y horas fijos de «paso», los pasajeros todos bajábamos á estirar las piernas entumecidas en la inmovilidad. Como estas postas eran, generalmente, una esquina ó pulpería—pongamos mesón, para hablar castellano y francés al mismo tiempo,—se explicará la inevitable ausencia del refresco hípico, con la imperativa presencia del refresco alcohólico. Tatita pagaba la copa á todo el mundo, y la caña con limonada, la ginebra ó el suisé,[2] daban nuevas fuerzas á nuestros compañeros de viaje para seguir desempeñando resignadamente el papel de sardinas. ¡Cómo lo adulaban, exteriorizando familiaridades que parecerían excluir toda adulación! ¡Y cómo me sentía yo orgulloso de ser hijo de aquel dominador, tan servilmente acatado!...

Llegamos, por fin, á la ciudad, anquilosados por tan largas horas de traqueo. La galera rodó por las calles toscamente empedradas, despertando ecos de las paredes taciturnas, y haciendo asomarse á las puertas las comadres que nos seguían con la vista, curiosas, inmóviles y calladas, ladrar furiosos los perros alborotadores, correr tras el armatoste desvencijado la turba de chiquillos sucios y casi desnudos, cuyo entusiasmo tiene manifestaciones de odio, en la torpe confusión de los instintos y las sensaciones.

Y, al caer la tarde, entre resplandores rojizos, cálida y triste, la galera nos depositó frente á la casa de don Claudio Zapata, «la casa cristiana, donde no había malos ejemplos, perdición de los jóvenes», reclamada por mamita. Don Claudio y su mujer nos aguardaban á la puerta.

Ambos hicieron grandes agasajos á tatita, casi sin parar mientes en mí, lo que me lastimó mucho, pensando que estaban llamados á constituir provisionalmente toda mi familia. Con la indiferencia de mi padre y el apasionamiento de mi madre se llegaba á un término medio mucho más caluroso. Y esta primera impresión tuvo una fuerza incalculable: de semihombre que era en Los Sunchos, me sentí, de pronto, rebajado á niño, regresión que iba á seguir experimentando después, y que se manifestó de nuevo, en otras proporciones, cuando me estrené de lleno en la vida bonaerense, años más tarde...

La hembra de aquella pareja—¿era la hembra, aquel sargentón de fornidos hombros, pecho como alforjas, porte militar, gran cabellera castaña—postiza, claro,—bozo negro en el labio, mano de gañán, mirada imperativa, voz agria y fuerte, nariz de loro, pie de gigante? ¿Era el macho aquel pajarraco enclenque, delgado como una vaina de daga sobre la que se hubiese puesto una pasa de higo con bigote y perilla blancos (caricatura de tatita), con dos cuentas de azabache en vez de ojos?—La hembra, digo, al verme inmóvil y cortado, dando vueltas al chambergo al borde de la acera, creyó llegado el momento de representar su papel femenino, mostrándose algo afectuosa, y se dirigió á mí, diciéndome las palabras más agradables y maternales que se le podían ocurrir. Pero su voz tenía inflexiones desapacibles, y pese á sus melosos aspavientos, me produjo una sensación de antipatía, algo como una intuición de que todo aquello era falso y de que por su parte me aguardaban muchas desazones. Tan honda fué esta impresión que—vuelto á ser niño, como ya dije,—los ojos se me llenaron de lágrimas que disimulé y me sorbí como pude porque nadie advirtiera una emoción de que nadie se preocupaba en realidad, pero que hubiera desconsolado á mamita, si la hubiese supuesto y que la hubiera desesperado si la hubiese visto...

Algunos amigos de mi padre, noticiosos de su llegada, acudieron á saludarlo, y poco á poco llenóse de gente la vasta sala desmantelada, de la que recuerdo, como decoración y mueblaje, una docena de sillas con asiento de paja—las de enea ó anea de los españoles—dos sillones de hamaca, amarillos, montados sobre simples maderas encorvadas, paredes blanqueadas con cal, de las que pendían algunas groseras imágenes de vírgenes y santos, iluminadas con los colores primarios, como las de Epinal, ó las aleluyas, una consola de jacarandá muy lustroso y muy negro, sosteniendo un niño Jesús de cera envuelto en oropeles y encajes de papel, el piso cubierto con una vieja estera cuyas quebrajas dibujaban el damero de los toscos ladrillos que pretendía disimular, y el techo de cilíndricos troncos de palma del Paraguay, blanqueados también y medio descascarados por la humedad, como si tuvieran lepra.

Dos chinitas descalzas y vestidas con una especie de bolsas de zaraza floreada, atadas á la cintura formando buches irregulares y sin gracia, con las trenzas de crin, azul á fuerza de ser negro, pendientes á la espalda, la tez muy morena, las narices chatas, la mirada esquiva y recelosa como de animal perseguido, los ademanes bruscos é indecisos, como de semisalvajes, hacían circular entre las visitas el interminable mate siruposo, endulzado con grandes cucharadas de azúcar rubia de Tucumán, acaramelada con un hierro candente y perfumada con un poco de cáscara de naranja. Eran el acabado reflejo de las chinas de casa—que no he descrito,—pero menos resueltas, menos vivarachas, menos bonitas y más desarrapadas también.