Yo me aburría solemnemente, fuera del ancho círculo regular que formaban las visitas, sentado en un rincón obscuro, olvidado por todos, muerto de hambre, de cansancio y hasta de sueño, porque después de escuchar un rato la chismografía social y política á que se entregaban aquellos ciudadanos, hablando á ratos cuatro y cinco á la vez, mi atención se había relajado y me dejaba presa de un sonambulismo que sólo me permitía oir palabras sueltas, que no me sugerían sino imágenes borrosas é inconexas. Mi padre puso, por fin, término á esta situación, proponiendo un paseo «para estirar las piernas», frase cuyo significado interpreté al momento: irían hasta el café ó el club á jugar al billar ó el truco, y á beber el vermouth de la tarde. Fuí el primero que se puso en pie lanzando un suspiro de liberación. De los visitantes, unos se excusaron, otros se dispusieron á acompañar á tatita.
—¡No vuelvan tarde, que pronto va á estar la cena!—recomendó misia Gertrudis con una sonrisa avinagrada, la más dulce, sin embargo, de su corto repertorio.
Salimos, pues, y en el trayecto comencé á conocer la «maravillosa» ciudad de calles angostas y rectilíneas formadas por caserones á la antigua española, de un solo piso, algunas con portales anchos y bajos, pretendidamente dibujados á lo Miguel Ángel, sobre cuyo dintel solía verse, entre volutas, ya una imagen de bulto, ya el monograma I. H. S., flanqueados, algo más abajo, por series de ventanas con gruesas y toscas rejas de hierro forjado. Á cada cien varas ó menos se veía la fachada, el costado ó el ábside de alguna iglesia ó capilla, el largo paredón de un convento, y de algunas tapias desbordaban sobre la calle las ramas de las higueras, el follaje de las parras, el verdor grisáceo de durazneros y perales polvorientos. Por las ventanas abiertas solían entreverse, al pasar, las habitaciones interiores de las casas, análogas á la sala de don Claudio, con escasos muebles, piso de ladrillo ó de baldosa, tirantes visibles, paredes encaladas é ingenuos adornos cuyo motivo principal eran las estampas de santos, las vírgenes de yeso, y á veces un retrato de familia groseramente pintado al óleo. Todo aquello era primitivo, casi rústico, de un mal gusto pronunciado y de una inarmonía chocante, pero debo confesar que esta impresión es muy posterior á mi primera visita, porque entonces, sin entusiasmarme desmedidamente, la ciudad me causó un efecto de lujo, de grandeza y de esplendor que nunca había experimentado en Los Sunchos. ¡Qué hacerle! ¡Nadie nace sabiendo!
Sin embargo, más que todo aquello, me gustó la plaza pública, muy vasta y llena de árboles, con una gran calle circular de viejos paraísos cuyas redondas copas verde obscuro se unían entre sí formando una techumbre baja, una especie de claustro lleno de penumbra por el que se paseaban, en fila, dándose el brazo, grupos de niñas cruzados por otros de jóvenes que las devoraban con los ojos ó las requebraban al pasar, mientras que los viejos—padres benévolos y madres ceñudas,—sentados en los escaños de piedra ó de listones pintados de verde, mantenían con su presencia la disciplina y el decoro.
Apenas mi padre entró en el Café de la Paz con sus amigos, me hice perdiz y corrí á fumar un cigarrillo en el quiosco de madera que, para la música de las «retretas», se elevaba en mitad de la plaza, olvidado del hambre por el gusto de verme libre después de tan larga sujeción. Allí, entre nubes de humo, contemplé admirado aquel, para mí enorme, hormiguear de gente, y tras de los árboles, las casas y las pardas torres de las iglesias, allá lejos, las colinas que circundan la ciudad dejándola como en un pozo y que el sol poniente iluminaba con fulgores morados y rojizos. Y, de repente, un hondo, un irresistible sentimiento de tristeza se apoderó de mí: encontrábame solo, abandonado,—como si aquel cinturón de colinas me separara del mundo,—en medio de tanta gente y tantas cosas desconocidas, y me imaginé que así había de ser siempre, siempre, porque no existía ni existiría vínculo alguno entre aquella ciudad y yo. Ningún presentimiento profético me entreabrió el porvenir; todas mis ideas iban directamente hacia el pasado. Volví á experimentar, más aguda, la sensación de hambre, pero aquella congoja del estómago, más que física, parecía producida por el miedo, por una espectativa temerosa, como cuando, muy niño aún, los cuentos de la costurera jorobada me sugerían la presencia virtual de algún espíritu maléfico ó la aproximación de algún peligro desconocido. ¡Me sentí tan pequeño, tan débil, tan incapaz hasta de defenderme!... El mismo exceso de esta sensación hizo que la sacudiese, levantándome de pronto y corriendo hacia el Café de la Paz.
Cuando entré, las luces de petróleo, el rumor de las conversaciones, el chas-chas de las bolas en el inmenso billar, la presencia de mi padre y sus amigos me devolvieron la calma. Como todavía recuerdo el aspecto del cielo y de las cosas en aquella tarde memorable, creo que me había perturbado—ayudándola el cansancio y el trasplante,—la intensa melancolía del crepúsculo.
VIII
En casa de Zapata nos aguardaba hacía rato la cena, gargantuesca como toda comida de gala en provincia.
Alrededor de la mesa de mantel largo, muy blanca pero con tosca vajilla de loza y gruesos vasos de vidrio, además de don Claudio, misia Gertrudis, mi padre y yo, sentáronse varios convidados de importancia: don Néstor Orozco, rector del Colegio Nacional, don Quintiliano Paz, diputado al Congreso, el doctor Juan Argüello, abogado y senador provincial, don Máximo Colodro, intendente de la ciudad, y el doctor Vivaldo Orlandi, médico italiano, situacionista, que acumulaba los cargos de director del hospital, médico de policía y de la municipalidad, profesor del Colegio Nacional y no recuerdo qué otra cosa, con gran ira y escándalo de sus colegas argentinos.
El que absorbió toda mi atención en los primeros momentos fué, con justicia, el doctor Orlandi. Hombre de cincuenta y cinco á sesenta años, alto, delgado, seco, de ojos negros pequeños y vivísimos, cutis aceitunado y rugoso, nariz aguileña algo rojiza en el extremo, gran cabellera que, como el bigote y la perilla que llevaba á lo Napoleón III, era de un negro tan negro que resultaba sobrenatural, decía pocas palabras, con rudo acento piamontés, en tono siempre sentencioso y dogmático. Después me aseguraron que era un cirujano habilísimo, el mejor de las provincias, y que en su mano hubiera estado conquistar, como médico, la misma capital de la república. Esto no me admiró tanto como su sombrero de copa, inmenso y brillante, que llevaba de medio lado y hundido hasta las cejas cuando andaba por la calle y que, en la circunstancia, había puesto cuidadosamente sobre una de las consolas de jacarandá. También me ocupó don Néstor, anciano bajo y grueso, blanco en canas, de cara de luna llena, muy risueño siempre, amable conversador de ancha y roja boca, cuyos labios carnosos y sensuales relucían húmedos como besando las palabras que modulaba no sin gracia con una especie de cadenciosa melopea. Le gustaba hablar de «los tiempos de antes», y al referirse á su juventud parecía buscar el testimonio de misia Gertrudis con una sonrisa picarescamente expresiva. Varias veces se insinuó en la mesa que «había sido muy diablo», cosa que me hizo mucha gracia, sobre todo cuando replicó: