—Es posible—murmuró distraídamente María.

Una oleada de sangre me subió á la cabeza, y empecé:

—¡Y se imagina usted que yo!...

Pero me contuve, y salí, trémulo de rabia, casi sin despedirme.

Las elecciones me dieron el triunfo. Al día siguiente de practicado el escrutinio, resigné mi puesto en manos de mi sucesor, y comencé á preparar el viaje á Buenos Aires, teatro de mis futuras hazañas, mientras en el cerebro me trotaba la maldita hipótesis, tan fácilmente aceptada por María... ¿Iba yo, gallo de aldea, prohombre de provincia luego, á desmerecer en la capital, á ocupar un rango inferior, á no abrirme paso hasta la primera fila? Y recordaba invenciblemente el triste papel representado por tantos comprovincianos, brillantes en el «pago» y después deslucidos, opacos y obscuros, en cuanto salieron de su centro, indebidamente confundidos en la corriente de selección del país que aspira y absorbe la capital.

¡Oh, María, María! ¡Cómo deseaba triunfar, conquistar Buenos Aires, para avasallarla también á ella, de rechazo, en una apoteosis de mi amor propio!