—No. Quería, sobre todo, decirle una cosa... No hay quien no critique su presencia al frente de la policía, mientras se prepara su propia elección. ¿Por qué no deja el puesto y satisface así á amigos y enemigos?

—¡Porque serían capaces de dejarme á pie!—exclamé, sonriendo.—Se necesita ser muy ingenua, María, para preguntarme ó para pedirme semejante cosa.

—Y, sin embargo, yo creía...—murmuró, casi con las lágrimas en los ojos, conmoviéndome á mí también con su tono de queja.

En esto, entró en la sala don Evaristo que, viendo nuestro enternecimiento, creyó dado el gran paso y zanjadas las últimas dificultades.

—¿Se adelanta algo, muchacho?—me preguntó, sonriendo alegremente, en la esperanza de una grata noticia.

—¡Ah, don Evaristo! Mucho me temo que la oposición se haga dueña del Poder—contesté.

Don Evaristo entendió la frase en su sentido más directo, y me sometió á todo un interrogatorio sobre la situación política de la provincia. María escuchaba mis palabras, posiblemente sin oirlas, con los ojos muy abiertos, tan abiertos como cuando uno mira á su interior.

Días más tarde, volví. Dominábame el insensato deseo de reconquistarla, un arrebato sólo semejante á la sed de venganza de un ultraje terrible, todo el feroz impulso del amor propio desenfrenado. Ella mantenía á toda costa la conversación en el terreno de las generalidades, muy correcta, fría, apenas amable, de cuando en cuando. Yo me ponía alternativamente rojo y pálido. Á veces, sentía ganas de lanzarme sobre ella, de sacudirla, de dominarla por la fuerza bruta, pero la presencia de don Evaristo que nos acompañaba probablemente á indicación suya, impedía toda iniciativa, imposibilitaba toda nueva explicación.

Las elecciones iban á practicarse el domingo, tres días después. Blanco me habló de mi diputación, segura ya, de mi gran papel futuro en Buenos Aires. Yo le repliqué, con fingida modestia:

—Se puede ser el primero en Los Sunchos, uno de los primeros aquí, y el último ó poco menos en la gran capital. ¡Cuántos que brillaron en sus pueblos, naufragan y se pierden en Buenos Aires! Y puede que yo mismo no llegue á ser sino uno de tantos, perdido entre la multitud...