Inclinó la frente con vaga sonrisa dolorosa, y murmuró, arrugando el vestido entre sus dedos:

—Puede ser. Puede ser muy bien.

En su acento había, nuevamente, un poco de ternura y un poco de ironía. Para un frío espectador, hubiera sido evidente que en su alma luchaba la imagen que de mí se había forjado, con la realidad que iba presentándole yo poco á poco. Romanticismo, en fin. Cuando alzó de nuevo los ojos, su mirada estaba completamente serena. No dijo una palabra. Y, durante un tiempo incalculable, quizá treinta segundos, quizá media hora, callé y medité. ¿Qué iba á ser de mí, si llegaba á compañero de aquella Aspasia criolla, de aquella Lucrecia principista? Unirme á ella, sería condenarme á una vida de amargos sinsabores, á una tiranía perenne, á una censura continua é inflexible de todos mis actos. Tuve miedo. Tuve miedo y al propio tiempo indomable deseo de subyugarla, de dominarla, de someterla á una incondicional adoración de mi persona. Y obedeciendo á este impulso, traté de serenarme. Cambié de tono y le dije con mimo que cuanto hacía, bueno ó malo—sin saber que pudiera ser malo,—era por ella, por conquistarla, por prepararle también la más elevada de las posiciones, la riqueza, el poder, la felicidad, que ella merecía más que nadie. Yo no ambicionaba nada para mí; para ella nada me parecía suficiente.

—Usted es una de las mujeres excepcionales que hacen á los grandes hombres. Con usted á mi lado estoy seguro de llegar á donde me proponga, y más lejos aún... Soy rico, seré muy rico. Tengo algún poder, lo tendré cada vez mayor. En el país no habrá dentro de poco quien pueda competir conmigo...

—Sí, Mauricio.

—¿Quién?

—El que piense mejor.

La sombra de Vázquez se condensó ante mi vista. El rival derrotado recuperaba poco á poco sus antiguas posiciones. Y esta alucinación me desconcertó, porque no acertaba á explicarme la mudanza de María, pese á los síntomas anteriores. Traté, sin embargo, de ahondar más en el alma de la joven, y la pregunté:

—¿Sólo para eso me ha llamado?