Yo rabiaba de celos y de despecho. ¡La Marisabidilla aquella, que se abrogaba la facultad de juzgarme, de criticarme y de aconsejarme! Porque si bien no me había dicho nada concreto aún, yo leía en sus ojos la amonestación preparada... ¿Con qué derecho? ¡Una mujer, que no debía ocuparse sino de sus trapos y sus cintas! ¿No es odiosa esta clase de marimachos que se creen dueñas de todo el saber porque han leído cuatro librejos y han creído meditar cinco minutos? ¡Ah! todo hubiera concluído allí, si los celos ó el amor propio no me mordieran el corazón. ¡No estar Vázquez presente, para saltarle al pescuezo!... Y, con las manos trémulas de ira y la voz entrecortada, dije:

—¡Me ha hecho muchos reproches sin formularlos, María! Usted condena mi conducta, aunque ésta se ajuste estrictamente á lo que exije la vida real. ¡Bah! usted es una soñadora, una criatura angelical, convengo en ello, pero ajena al mundo, incapaz de manejarse en el mundo... Quizá por eso la quiero tanto... Pero que la quiera no significa que... No, no tiene derecho de criticarme. Ya se dará cuenta de las cosas, y entonces comprenderá. Cuando uno se propone llegar á un punto determinado, tiene forzosamente que tomar el camino que conduce á él, sea una carretera, sea un atajo, sea un desfiladero entre precipicios... Yo voy donde debo ir por el único camino que tengo, sin mirar hacia atrás ni hacia los lados, sin que me detengan tropiezos humanos ó materiales, pero sin faltar por ello á mis principios de hombre de honor, á mi...

Una risita, entre dolorosa y sarcástica me interrumpió.

—¿Usted cree, entonces—dijo en voz clara,—que sus sueltos del diario, por ejemplo, no pasan los límites de la gentileza y la corrección, por no decir más?

—¿Mis sueltos? Yo no escribo.

—¡Vamos! No agrave la falta, si es falta, como yo creo, con su negativa. Usted sabe que esos juegos, que probablemente así los consideran muchos, abren todas las puertas á la calumnia y al escándalo. El que hoy es objeto de burlas ó difamaciones, para vengarse, no se detendrá mañana por consideración alguna, y hará, á su vez, que todo ruede al pantano, el enemigo y cuanto lo rodee, sus afectos, su hogar... Las consecuencias de estos excesos suelen ser terribles, y nadie sabe de antemano hasta dónde pueden llegar.

La miré de hito en hito, sin conseguir que bajara los ojos.

—¿Para eso me ha llamado usted?—balbucí, ardiendo en ira.—¿Sólo para eso me ha llamado? ¿No podía ni siquiera esperar?... ¡Pues bien! yo también tengo algo que decirle: ¡Usted no me quiere, usted no me ha querido nunca, María!