II
No sé si bien ó mal inspirado, don Evaristo me convidó á comer antes de mi partida para Buenos Aires. La reunión, muy íntima—estábamos únicamente los tres,—fué, sin embargo, casi tan ceremoniosa como nuestros primeros encuentros con María en su casa. Sólo Blanco demostraba ó afectaba buen humor, y me invitó á que le escribiera dándole noticia de mis primeros actos é impresiones, cosa que le prometí.
—Y usted, María, ¿me escribirá?—le pregunté.
—Yo no sé escribir, Mauricio, pero siempre acertaré á decirle si estamos buenos ó no. Cualquier cosa que añadiera, podría hacerlo enojar.
Esta alusión al final de nuestra última entrevista me supo mal, pero sólo repliqué, tratando de ser afectuoso:
—Aunque sea una línea suya, me hará muy feliz. Me permitirá esperar con calma que se cumpla el plazo.
—¡Ah!... ¡Falta tanto aún!... Ya pensará en otra cosa...
Ciego, no veía ó no quería ver que la niña me estaba despidiendo, que desde mucho antes había renunciado á su capricho de un minuto, que yo no significaba nada para ella, y que todos mis esfuerzos, todo mi amor propio, toda mi pasión, se estrellarían contra su indiferencia. Pero, también, que mantendría su palabra, y que no se avenía á que se pisoteara su orgullo con un desdén.
—Y usted ¿pensará en «otra cosa»?—pregunté.
—No, Mauricio, yo no tengo más que una palabra... Lo dicho, dicho está. Y, escuche, ¿quiere? Deseo de veras, deseo con toda el alma, que cuando el plazo se cumpla, podamos darnos la mano... para toda la vida.