—¡Ah! Esto me consuela de muchos malos ratos... ¿Es decir que me quiere un poquito, María?
—Sí...
La despedida fué más tierna de lo que yo esperaba. Ambos nos conmovimos y quedamos largo rato con las manos enlazadas. Llegué á creer que la había vencido, conquistado para siempre, y sentí honda satisfacción. Pero esto duró poco. Á un saludo que le dirigí al llegar á Buenos Aires, contestó con una fórmula corriente de cortesía, y con esto quedó cortada casi radicalmente nuestra correspondencia. Así se explica que pensara poco en mi cuasi-novia, en medio de las febriles disipaciones de la capital, que, aun sin tener que concurrir á la Cámara, no me hubieran dejado en aquel tiempo ni un minuto para la meditación. Bailes, tertulias, comidas, teatros, carreras, paseos, no me permitían ni siquiera seguir mi vieja costumbre de leer algunas horas, por la noche, en cama, buscando la tranquilidad de los nervios antes de dormirme. La noche me la consumían, después del teatro, las partidas, las largas partidas en el círculo, con los prohombres de la situación.
No sé por qué se niega que el juego de naipes tenga otro interés que el del dinero y se diga que los que «cambian cartas es porque no saben cambiar ideas». Yo le encuentro, entretanto, mucho interés «moral» y hasta una grande importancia, no por sus combinaciones y azares en sí, sino por lo que desarrolla la facultad de conocer á primera vista el carácter de los hombres, y hasta adivinar sus pensamientos. Más que cualquier otro, un jugador sabrá cuándo una persona le miente y hasta qué punto llega su mentira, y estoy cierto de que Facundo Quiroga veía más esto por jugador que por gaucho. Á mi juicio, todo político debe ser jugador—con tal que no se dedique á juegos de simple azar ni de pura destreza,—pues la práctica de los naipes le dará dominio sobre sí mismo, facilidad para improvisar ardides y subterfugios, ojo clínico para descifrar caracteres, habilidad para descubrir las tretas del adversario, y esa serenidad que permite perder hasta la camisa sin que nadie se entere, serenidad que en el público versátil hace sobrevivir el prestigio á las mayores derrotas, facilitando así el, de otro modo, imposible desquite.
¡Ay del político si el pueblo advierte que está totalmente arruinado! Ése no volverá á brillar, porque no le ha quedado ni un albur, como al jugador sin plata y sin crédito, que no puede apostar sobre palabra.
Por otra parte, aquellas largas partidas eran mucho más interesantes que las de mi club provinciano, y no porque parecieran más animadas. Por el contrario, eran correctas, casi frías, sin las exclamaciones y los ternos que solían salpicar las nuestras; pero en los intervalos se cambiaban algunas ideas útiles, algunos datos importantes, entre todos iba formándose una especie de solidaridad, de complicidad, y no faltaban, tampoco, las notas amenas. Una noche, por ejemplo, extrañábamos la ausencia del secretario de policía, gran punto que nos tenía locos por su apasionada manera de jugar, cuando lo vimos entrar como una tromba y sentarse en su sitio acostumbrado, exclamando:
—¡Llego tarde, porque vengo de sorprender á unos jugadores!...
Ni faltaba su poco de psicología, más ó menos trasnochada. Uno de mis colegas de la Cámara, sin darse ó dándose cuenta de que escupía al cielo, me dijo cierta noche:
—Mire, Herrera. Uno se sienta caballero junto á un tapete verde; pero si permanece mucho tiempo aquí, seguro que se levanta siendo un pillo...
—Ó un sonso—completé.