Sin embargo, los «griegos» eran escasos en nuestras reuniones, en las que no se hacían «más trampas que las necesarias», como dicen los prestidigitadores espirituales según la receta. Varios hubo... Pero esto es tan general en el mundo civilizado que no hay para qué entrar en detalles.

Algunas veces, al dejar la partida y salir á la calle, la hora del alba sumergía el empedrado, las aceras, las fachadas, en un baño de azul tan intenso, que yo me quedaba absorto ante aquella maravilla monocroma, mucho más sorprendente al dejar la iluminación anaranjada de los salones. Pero sólo un espectáculo excesivo como éste podía llamarme la atención en el enervamiento de la partida; las medias tintas, los matices me dejan indiferente.

Así también la vida de la ciudad, que sólo podía detenerme en sus grandes manifestaciones, y cuyos matices me escapaban, en la preocupación de la importante partida que estaba dispuesto á jugar, pero que no veía «armada» en ninguna parte: la partida de mi porvenir.

La iniciación era muy dura. Muchas veces me eché á muerto, renunciando á abrirme camino de las últimas á las primeras filas. ¡Era tanta la competencia en todos los terrenos accesibles para mí! Aun en el del servilismo. Recuerdo el caso de aquellos dos personajes, hombres de reconocido valer, que se precipitaron á abrir la portezuela del carruaje, para el Presidente que salía del Congreso. El que quedó atrás, dijo al otro, irritado:

—¡Adulón!

Y su competidor triunfante, todavía doblado en una gran reverencia, replicó:

—¡Envidioso!

Mi incipiente reputación oratoria no me bastaba, faltándome las ocasiones de hablar sin peligro y con brillo. Se debatían cuestiones demasiado complejas, demasiado técnicas para que pudieran lucir las lindas y sonoras frases huecas de mi repertorio, y no me encontraba con valor suficiente, por el momento, para emprender el estudio á fondo de un asunto determinado, tanto más cuanto que, desde nuestras filas, los argumentos debían ser muy especiosos y singularmente hábiles para que resultaran admisibles. Toda la elocuencia parecía haberse vuelto del lado de la oposición...

Debatíame, pues, en la obscuridad, y más que entonces, mucho más que entonces lo comprendo ahora cuando, como fondo á mi individualidad, trato de poner aquella decoración de ciudad-emporio, y aquella época de delirio de las grandezas. Desaparezco, no resulto yo, «pigmeizado», y lo peor es que tampoco acierto á dar la impresión de aquel pandemonium, de aquel desenfreno de ambiciones y lujurias, sólo regido por el egoísmo más feroz, y en el que la gente solía entredevorarse acariciándose. Así los «amigos» del Club, indiferentes en cuanto se levantaban de la mesa...

Pugnaba yo por abrirme paso en la alta política, pero el destino, mi protector incomprendido entonces, no lo permitió. Me guardaba para después, no quería que me comprometiera. ¡Sabio destino! Él veía en el futuro que toda aquella grandeza iba á caer derribada de un soplo, y que sólo subsistirían, no los árboles erguidos, sino el cepellón que crece mejor cuando el bosque se aclara. Bien es cierto que, después, si yo he crecido, muchos de aquellos árboles tronchados han vuelto á retoñar. No hay que quejarse. Sólo los muertos no vuelven.