Perdóneseme esta digresión: es la última ó una de las últimas, porque comprendo que, después de tan larga caminata como hemos hecho juntos, el lector, viendo ó creyendo ver próxima la etapa final, me incita á no detenerme á coger flores y contemplar el paisaje, sino á seguir andando «derecho viejo», hasta el apetecido descanso. Dejaré, pues, que los hechos se expliquen por sí solos, tanto más cuanto que pienso en la posible excelencia de unas memorias escritas de ese modo desde la primera página. Resultarían admirables quizá, pero no serían «mis» memorias, pues tengo cierta cavilosidad característica que me lleva á los análisis minuciosos. Mas lo prometido es deuda. Vamos á los hechos descarnados.
Luis Ferrando, uno de mis camaradas del Club, joven insignificante pero muy difundido en los salones de la alta sociedad, me abordó cierta noche diciéndome:
—Usted, que es un verdadero orador, ¿no sería capaz de hablar en una velada de caridad que organizan las Amigas de los Pobres, una sociedad formada por las señoras más distinguidas?...
—Si ellas creen que puedo servirles...—contesté, pensando que aquello me era conveniente.
—Me han encargado, justamente, de que se lo pida.
—Entonces, no hay más que decir... Cuando esas damas quieran.
La fiesta resultó magnífica y en ella pronuncié el más florido de mis discursos, como podrá verse por el siguiente párrafo, que no era, ni con mucho, el más deslumbrador:
«Como la cascada que, saltando desde la altura, deshecha en lluvia de colores, en avalancha de piedras preciosas, fecunda todo el alto monte y toda la campiña, desde la planta aromática de la cumbre hasta la flor de la falda, hasta la espiga del llano, hasta el árbol corpulento y añoso que crece entre las grietas del peñasco, así el sentimiento desbordante, así la irisada caridad de la mujer argentina, baja desde la cima excelsa en que es soberana, hasta la hondonada obscura en que hormiguea la humanidad doliente; y lo que arriba se llama Gracia, abajo se llama Beneficencia. ¡Oh! ¡dadme, dadme vuestra limosna admirable como único premio de mi vida! ¡Si soy un mendigo, tendré por vosotras el pan cuotidiano; si soy un luchador, tendré por vosotras dónde recuperar los alientos perdidos; si soy un triunfador, encontraré en vuestras manos la corona de laurel; si soy un poeta, tendré en vuestros ojos, cuando entone un sublime canto, la gota diamantina de rocío, la gema incomparable que no puede pagarse con todos los tesoros de la tierra, de vuestros tiernos, de vuestros abnegados, de vuestros preciosos sentimientos, emanación única de Dios!»
Esto parecerá rebuscado, enfático, y á los más exigentes hueco, ¡pero había que oirmelo decir con mi voz sonora y musical, y mi ademán, al propio tiempo, amplio, rítmico y dominador! Un calofrío corrió por toda la sala, como una ráfaga de viento en un trigal; las mujeres lloraban, los hombres aplaudían á despellejarse las manos. ¡Qué triunfo aquél!