Al salir del teatro, en medio de los agasajos, los apretones de manos, las felicitaciones entusiastas que exteriorizaban mi triunfo, Ferrando se me acercó en el vestíbulo, donde las damas aguardaban sus carruajes mal cubriendo con los abrigos todavía innecesarios dada la estación, sus riquísimos trajes de soirée.
—Un caballero y una señorita muy distinguida acaban de pedirme que lo presente. Allí están aguardando el coche, ¿quiere venir?
—¿Quiénes son?
—Don Estanislao Rozsahegy (pronunció Rosahegui) y su hija Eulalia, una muchacha preciosa...
Y mientras yo le decía «Vamos allá», él agregaba aún:
—La más rica heredera de Buenos Aires...
III
Soplaba el pampero, picante y vivaz, y bajo mi sobretodo sentíame como un hombre nuevo, más alegre y más resuelto que de costumbre, para quien todas las empresas tenían que resultar fáciles y gratas. Por el cielo azul cobalto, transparente como una vidriera de colores, cruzaban rápidas nubes blancas y cenicientas, caprichosamente redondeadas, mientras que el sol, velado por momentos, lanzaba en otros á la tierra sus rayos cálidos aún, en una iluminación de apoteosis. Bajé á buen paso por las calles que el domingo dejaba desiertas y vibrantes como una caja de resonancia, hasta la vieja y miserable Estación Central, donde iba á tomar el tren para Los Olivos. Don Estanislao Rozsahegy me había invitado á una «garden-party»—la última de la estación,—en su magnífica quinta.
Durante el viaje recapitulé, sacudido por el traqueo del vagón, los preliminares de nuestra naciente amistad. Después de la presentación en el vestíbulo de la Ópera, me había abierto su casa, y suplicado á Ferrando que me llevara una noche, pues, de otro modo, yo sería «capaz de no ir». Los había visitado una ó dos veces, y digo «los», porque quien me atraía era Eulalia, que, indiscutiblemente, había quedado prendada del orador y del hombre, y que no trataba de disimularlo. ¡Es tan grato verse querido!... Aunque sea por la hija de don Estanislao Rozsahegy, advenedizo enriquecido en el comercio y la especulación, que comenzó su carrera triunfal ejerciendo los oficios más bajos, á quien todo el mundo adulaba y de quien todo el mundo hablaba mal en su ausencia. Nadie sabía, á ciencia cierta, cuál era el verdadero punto de partida de su enorme fortuna, valorada en muchos millones: unos decían que se había «sacado una grande» en la lotería; otros que Irma, su mujer—eslava ó teutona zafia é ignorante que quién sabe qué habría hecho en su primera juventud,—le llevó en dote unos pocos miles de pesos; los menos afectaban sospechar una procedencia poco honesta, si no criminal, á los fondos con que inició su brillante carrera de agiotista. Hablillas sin fundamento quizá, y para cuya aclaración hubieran sido necesarias las investigaciones más minuciosas, porque en un cuarto de siglo de triunfos, los testigos de los comienzos habrían desaparecido ú olvidado. Lo incontestable era su riqueza, su habilidad de banquero, su adivinación de especulador, su acierto y su suerte de bolsista, que le permitían aumentar sin tregua una fortuna ingente ya. En cuanto á su físico y sus maneras, sólo diré que era rechoncho sin ser obeso, moreno y velludo, con la cabeza como una bola, los ojos pequeños y maliciosos, negros como el grueso bigote teñido que dominaba una nariz chata y ancha, de grandes fosas bien abiertas, como para olfatear mejor los negocios, brazos cortos y manos gordas, enormes, peludas, de dedos enanos y deformes—atractivos todos estos complementados con ademanes bruscos é irregulares, voz rotunda de bajo, franqueza afectada hasta la vulgaridad si no la grosería, y lenguaje incorrecto de hombre que nunca aprendió gramática alguna, ni la de su país de origen ni la de aquél en que había clavado definitivamente su tienda.—Irma, su mujer, debió ser hermosa cuando joven, pues aún le quedaban algunos restos que la hacían parecer á la Isabel Bas de Rembrandt, pero sin la extraordinaria nobleza de esta gran dama de la burguesía flamenca. Era, también, tosca y familiar con todo el mundo, hasta extremos chocantes, y hablaba en un inverosímil dialecto de su exclusiva composición.
En cambio, Eulalia era tan bonita como distinguida, y lo parecía más junto á sus padres, por contraste, como si éstos fueran zafios y grotescos para que resaltara la delicadeza de su fina persona, su frente clara y abovedada, sus ojos profundos rodeados de una aureola obscura que les daban un encanto dulce y luminoso, la boca dibujada como una caricia, la nariz algo larga, recta, la barbilla como la de un niño. Y con esto unas manos de largos y admirables dedos, una voz argentina, convincente y subyugadora, que subrayaba siempre su linda, su graciosa sonrisa de buen humor, y un cutis terso, blanco, sin mancilla, ligeramente matizado de rosa. Parecíame mucho más bonita que María Blanco, sobre todo mucho más mujer y mucho más niña. La otra iba rodeada de una aureola de severidad, que la hacía como lejana é intangible, y sus trajes modestos, casi austeros, poco ó nada ceñidos á la moda, añadían á la impresión de alejamiento que esto producía. Eulalia, en cambio, siempre alegre, siempre riente, conversadora y bromista, vestía trajes elegantes, quizá demasiado ricos y vistosos para su edad y su estado—pero, por otra parte, ya se había perdido en el país la costumbre de hacer que las jóvenes se vistieran sencillamente y sin joyas hasta el día de su casamiento...—Puestas ambas en parangón, y como mujeres, no como Egerias, no cabe duda que el triunfo correspondía á Eulalia.