Me había encantado, pero no estaba enamorado de ella como podría creerse: otras aventuras, muy recientes aún, y con todo el atractivo de la novedad, me absorbían entonces, y mis relaciones con Laurentina de la Selva, la viuda treintona codiciada por tantos y tan apetecible, no eran un secreto para la parte de la sociedad que frecuentábamos... ni para el resto tampoco. Esta vinculación—sobre la que no insistiré porque es innecesario—bastaba para distraerme y hacerme rehuir ó postergar todo otro devaneo, pues, en cuanto á la parte seria de la vida, no abandonaba por estas consideraciones, galanteos y flirts, mis proyectos matrimoniales con la buena María.

Llegué, en fin, á Olivos y á la quinta de Rozsahegy donde, pese al fresco intempestivo del día, numerosas parejas paseaban por los jardines y se divertían animadamente en diversos juegos, al son de una música discreta. Eulalia debía estar atisbando, pues apenas llegué salió alegremente á mi encuentro.

—¡Bien venido! ¡Bien venido!—me decía con una voz que parecía un canto, un arrullo, un mimo.

Casi podría tomarse aquello por una declaración, si el infantil regocijo que caracterizaba á Eulalia no explicase sus arrebatos, de todas maneras inocentes.

Ella misma me tomó el brazo é hizo que la acompañara por el jardín, que recorría como sus padres cuidando de que no faltara nada á los invitados, y entretanto parloteaba como un pájaro, me miraba sonriente con sus ojos grandes é ingenuos, movía el cuerpo flexible con gracia serpentina, agitaba las manos finas—sin anillos que deslucieran su belleza en el errado supuesto de llamar la atención—con ademanes mesurados y curvilíneos que no eran seguramente fruto del estudio, sino don natural. Hablamos de arte, de música, de pintura, de letras... Sin decir nada nuevo ni profundo, no decía tampoco disparates; era educada, relativamente instruída, había pasado algunos años en un colegio de hermanas francesas, y luego el roce social acabó de barnizarla. No criticaba á sus padres, pero se veía que, en el fondo, hacía comparaciones, y que este mismo análisis contribuía á refinarla.

Pasé, en suma, una tarde deliciosa, sin ocuparme casi para nada del centenar de personas más ó menos elegantes, ricas ó aristocráticas que pululaban en el jardín y en los salones. Apenas si había cambiado cuatro palabras con Rozsahegy y con Irma. Pero esta última iba á tratar de desquitarse. Y en efecto, cuando un grupo numeroso pasó á tomar el té en el comedor, la buena señora alzó de pronto la voz y, encarándose conmigo, que estaba al otro extremo de la mesa:

—¡Herrera! ¿Por qué no nos repite el discurso?

Eulalia se puso roja, y apenas acertó á murmurar: «¡Mamá, por Dios!» Yo, sonriendo, para no dar importancia al despropósito que ya provocaba disimuladas pero irresistibles risas, repliqué:

—No es el momento, otra vez... Son ustedes de una amabilidad tan exquisita y esta reunión es tan agradable, que no hay que turbarla sino con palabras de agradecimiento. Brindemos, pues, por los dueños de casa.

Eulalia me agradeció con una sonrisa y una mirada en que se mezclaban la emoción y la alegría. Creo que me consideró un héroe.