Ferrando, que volvió conmigo en el tren, me dijo en tono confidencial, probablemente para quitarme las ganas:

—La muchacha es un coquito, pero lo que es el «gringo» no la larga á dos tirones... El que la pretenda tiene que «hamacarse»... y ser muy rico. ¡Es natural!... Un millonario como Rozsahegy...

—Sin embargo, creo que usted no pierde la esperanza—observé, riendo.

—Sí, pero la chica «no las va» por ahora... y los viejos tampoco... Veremos después... Lo único que me da ánimo es que el «gringo» se «pirra» por entrar de veras en la buena sociedad, donde apenas si lo admiten de vez en cuando, como de lástima, y eso sólo en las kermesses y en las fiestas de caridad, en que la entrada es libre para todo el mundo... Con mi nombre y mi familia...

Y desarrolló largamente el tema de su nobleza, él, cuyo padre había sido mercero en la calle Buen Orden, y cuyo abuelo fué remendón ó sastre en la de Potosí, casi en el «barrio del alto, donde llueve y no gotea»...

Pero el dato me llamó la atención y me hizo pensar: ¿Conque Rozsahegy y todos sus millones, ambicionaban emparentar con una familia patricia, para que sus nietos y su misma hija obtuvieran «patente limpia» y no sufrieran más tarde los desaires disimulados que él debía olfatear necesariamente, pese á su tosquedad? No era malo saberlo, y quién sabe si...

Pero apenas bajamos del tren y nos fuímos á comer en el Café de París, entonces en todo su apogeo, olvidé á Eulalia, á los Rozsahegy, y creo que aquella noche sólo conté dos ó tres veces la salida de pie de banco de Irma pidiéndome que repitiera mi discurso en su «garden-party».

En casa me esperaba una cartita muy lacónica de María Blanco, diciéndome que todos estaban buenos y pidiendo noticias mías. «Hace un siglo que no escribe, y eso no está bien.» ¡Eh! ya le escribiría cuando tuviera tiempo y algo que decirle, algo referente á mis primeras armas en Buenos Aires—no en sociedad, se entiende—y á mis primeros triunfos. Me fastidió que no me dijera nada de mi éxito en la Ópera, aunque le hubiera mandado varios diarios con sendos bombos y uno que publicaba íntegra mi «magnífica pieza oratoria», como decía el encabezamiento.

Tenía muchos amigos en la prensa de todos los colores, pues, desde el primer momento, traté de propiciarme el «cuarto poder del Estado». Pocos periodistas son venales entre nosotros, pero ninguno, si no es un díscolo feroz, deja de mostrarse sensible á las atenciones y las lisonjas; otros, los menos, suelen ser candorosamente parásitos, como los escritores del siglo de oro, considerando su parasitismo como un derecho. Y yo me esforzaba por estar bien con todos.

Los periodistas que me habían conquistado más completamente, ó mejor dicho, que yo había conquistado con mis amabilidades é invitaciones, me demostraban á veces su afecto, exigiéndome pretextos para hablar de mí y renovar mis dos triunfos anteriores.