Llegó el momento de dar á luz aquella pieza histórica. Tratábase de conceder entrada libre, sin derechos de aduana, á la maquinaria y el alambre para una fábrica de clavos, así como la excepción de todo impuesto nacional y municipal, y la concesión de pasajes subsidiarios (gratuitos) á los obreros que debían venir de Europa á poner en movimiento aquella «nueva industria argentina». Mis razones eran elocuentes... Se me escuchó con agrado; algunos pasajes produjeron efecto, hasta en la barra, que ya comenzaba á ser decididamente opositora. El proyecto pasó como era lógico. Varios colegas me felicitaron. Pero en antesalas sorprendí cuchicheos, en los que no desdeñaban tomar parte algunos correligionarios de espíritu inquieto y burlón. Y por todas partes me parecía oir como un estribillo, como un zumbido persistente y cargoso:
—¿Qué ha dicho?
—¿Qué ha dicho?
—¡Habla muy bien!
—¡Lástima que no diga nada!
—Decididamente—pensé,—aquí no estamos en la Legislatura de mi provincia... Es preciso no volver á meterse en... economías.
Y luego, profundamente sorprendido, me pregunté:
—¿Pero de dónde salen sabiendo, todos estos burros?... ¿Ó basta con que sepan dos ó tres, para elevar el nivel científico de la Cámara?... ¡Eso ha de ser, pero es curioso!