Esto me dió mucho que pensar, confirmándome en mis primitivos temores de ver mi personalidad anulada en Buenos Aires. Y la naciente experiencia me planteaba este dilema de hierro:
Ó eres un hombre de verdadero valor, tienes que conducirte como tal, y entonces verte probablemente condenado al desdén si no á la persecución, pues renunciarías á tus amigos actuales sin conquistarte antes otros que te defendieran, ó eres un hombre mediano que debe contentarse con la medianía y aprovechar las migajas sin provocar los grandes golpes de fortuna, aguardándolos, por si llegan un día, y conservando, entretanto, todos sus puntos de apoyo.
Tengo de lo uno y de lo otro, y caben en mi cabeza las grandes ideas, aunque no me dé por los grandes sacrificios, y soy, como el héroe de Stendhal, capaz de disimular mi superioridad en beneficio propio.
Opté por esto último.
Un gran orador, secundado por algunos opositores de pelo en pecho, comenzó por aquel entonces una terrible campaña contra el Gobierno, tratando de demostrar que éste procedía ilegalmente en no quiero recordar qué combinaciones financieras importantes, sobre todo para las provincias. Al propio tiempo, como movimiento convergente, formábase un gran partido con todos los elementos heterogéneos que no comulgaban con la política oficial. Vi el abismo abierto á nuestros pies, cuando todo el mundo quería negarlo, pero me dije que el lado de los dirigentes era y sería siempre... el lado de los dirigentes. Los hombres de gobierno pueden verse alejados pero no suprimidos de la escena—porque forman una verdadera casta, una institución,—y los Gobiernos se renuevan con hombres que han gobernado ya, nunca, sino en muy pequeña dosis, con hombres nuevos, que no saben el mecanismo del poder. Comprendí, pues, que para no caer definitivamente, sin remedio, debía caer con los míos, y me aferré á la defensa del Presidente y su política. Grité contra aquel orador de cara de Nazareno, que hablaba con voz aflautada de mujer, armoniosa á veces, retumbante otras, y creo que, parodiando á misia Gertrudis, hasta insinué que era mulato y mal nacido... Esto no lo hacía en discursos—voluntaria y radicalmente suprimidos,—sino en simples interrupciones. Los correligionarios me estimulaban, me agasajaban para sacar las castañas del fuego con la mano del gato, pero yo sentía el gran vacío de una posición falsa, y de pronto cesé hasta en mis invectivas, buscando también el silencio y el olvido. Poco antes, algunos diarios me atacaban, tomándome como pretexto para mesar las barbas del Presidente en persona, y presentándome como su vocero, como su alma condenada. Esto me afligía y me torturaba, aunque en las calles, en los clubs, en el Congreso y en el teatro, me diera aires de Matamoros, y... al buen callar llaman Sancho. El grande hombre de Los Sunchos, el árbitro de la capital provinciana, era, cada vez más, uno de tantos en la capital de la República...
Coen, el banquero, cuya mujer me hacía ojitos en casa de Rozsahegy, y con quien había hecho varias jugadas de Bolsa, me dijo un día:
—Yo le aconsejaría, don Mauricio, que realizara. Usted tiene algunos negocios, como el de sus tierras, que pueden darle todavía magnífico resultado. Si espera un tiempo más, es muy posible que se vaya «al bombo». Realice y compre oro para dentro de tres meses; pero compre oro efectivo, no se contente con las diferencias, porque si no se embromará. Esté cierto de que va á quebrar medio mundo el día menos pensado.
—¡No embrome!—le dije, sonriendo.—Ésos son cuentos para asustar á las viejas.
Sin embargo, fuí á ver al Presidente y le hice comprender en forma velada lo que había en la atmósfera.