—¡Bah! ésos son excesos de la oposición—me dijo.—Y usted, ¿qué piensa hacer?
—¿Yo? No mover un dedo. Sabiendo lo vinculado que estoy á la situación, y por más insignificante que sea, una maniobra temerosa mía podría acelerar un pánico que nuestros adversarios se esfuerzan en producir. Yo soy muy amigo de mis amigos... y de mis protectores—agregué, al ver que arrugaba el vanidoso entrecejo.
—Haga lo que se le antoje. Y no se crea que puede comprometer todavía la marcha del país—dijo con sorna.
—La oposición sabe exagerar, cuando le conviene. Estoy seguro de que se fija en todo... hasta en mí... Yo estoy á la baja...
—Sí, es lo mejor. Pero no se preocupe. Son «alaracas» de los opositores, nada más.
Pepe Serna, el secretario particular del Presidente, me dijo más tarde en el Club, que mi actitud había complacido mucho al Presidente.
—¡Poco me importa!—contesté.—Lo único que quiero es demostrar carácter. Podría comprar oro, realizar ahora mi fortunita y ser muy rico; pero prefiero mirar al futuro y no hacer pavadas que lo echen á perder. ¿Y «vos»?
—Yo—contestó Pepe,—se lo debo todo al «doctor»; soy consecuente, y tengo miedo de dejar de serlo, porque entonces dejaría de estimarme á mí mismo. ¡Como que si me estima un poco todavía es sólo por eso!...
Nos fuímos á comer juntos sin hablar más de la cuestión, aunque ambos siguiéramos pensando en ella. Alguien que comía en el mismo Café de París, con otros amigos, un comprovinciano muy al corriente de todos los chismes de nuestra ciudad, me mandó con el «maitre d'hotel» un diario de mi provincia, al margen del cual había escrito con lápiz: «Hay noticias interesantes para usted.»
Busqué la noticia interesante, y fuera de la habitual palabrería política no encontré nada. Miré al comprovinciano, mostrándole el periódico y encogiéndome de hombros, para indicarle que aquello me importaba un bledo. Él sonrió, me hizo con la mano señas de que esperase y escribió en una tarjeta: «En la Crónica Social». La noticia era ésta: